Rebeca Jiménez

Nunca sabes cómo va a terminar una semana. Y menos cuando ésta se te he hecho casi interminable. Así que cuando te enteras de que Rebeca Jiménez toca en tu ciudad esa misma noche, no hay tiempo que perder. El salón de actos del centro cívico José Luis Mosquera estaba a rebosar de jubilados y también de modernos que ocupaban con sus abrigos filas enteras de asientos. Estaba claro, el concierto era gratuito. Con invitación, rezaba la cuña radiofónica matutina, y a decir verdad allí no cabía un alfiler. O todos habían escuchado la misma emisora que nosotros o esta chica realmente tiene tirón. Quizá sean ambas cosas, porque al innegable talento de Rebeca Jiménez también había que sumar el virtuosismo de Mario Raya, capaz de embelesar a cualquier a la guitarra.

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Tercera visita de la segoviana a Valladolid y quizá la más completa pese a lo inusual de la convocatoria. Rebeca y Mario desgranaron la mayoría de las canciones del álbum debut, Todo llegará y avanzaron tres o cuatro del nuevo trabajo que, como ella misma confesó, están grabando y perfilando estos días en la capital de España. La Jiménez canta con voz aguardentosa como si de una Bonnie Tyler patria se tratara, pero más allá de su apariencia de ‘chica de rompe y rasga’ subyace la niña que acudía nerviosa a orillas del Pisuerga a hacer sus exámenes de piano en el conservatorio.

Quizá por todo ello, o por nada en concreto, al espectador le es casi imposible apartar su vista de ella durante el tiempo que llena el escenario. Pese a los equilibrios dactilares del pequeño de los Raya de traste en traste del mástil de su guitarra, los ojos se te van a sus imparables y expresivas manos, a su mirada inquieta tras el flequillo y a su sonrisa sincera. Y así mutamos un viernes cualquiera de una semana eterna en una noche de viernes con aire a carretera, a chupitos de Jack y fotos antiguas escondidas en el fondo de un cajón o en la balda superior de un armario cerrado a cal y canto. Navegamos por noches en vela, pisamos de puntillas cristales rotos y damos palmas en medio de un cabaret improvisado a la guitarra y el piano.

Todo eso condensado en poco más de una hora. Con emocionado recuerdo a Antonio Vega, y la presencia de Carlos Vega para recordar El sitio de mi recreo, a las víctimas del 11-M y a las familias de los desaparecidos en el terremoto de Japón se nos escapó el día. Eso sí, nos despedimos con la promesa de despertar siempre junto a quien queremos. Siempre.

Rebeca Jiménez . Centro Cívico José Luis Mosquera, Valladolid (11/03/11)

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