Nadadora

Recuerdo como Quique González definía al batería Toni Jurado como “un tipo capaz de levantar edificios con sus manos”. Daniel Abalo, su homónimo en Nadadora, es capaz de derribar a baquetazos los muros sonoros -algunos lo llaman ‘ruido’- que construyen sus compañeros de formación: Gonzalo, a la guitarra, y Edu, al bajo. El quinteto de O Grove incendió la sala Porta Caeli el pasado viernes, 18 de marzo, durante la presentación a orillas del Pisuerga de su último y alabado álbum Luz, oscuridad, luz. Noise, shoegaze, post-rock, póngale el lector la etiqueta que más le guste -o menos le disguste- a la apuesta sonora de los pontevedreses, que han sabido reinventarse sin perder el buen gusto.

Letras sugerentes que acompañan a melodías hipnóticas sobrevuelan el bosque armónico a punto de arder. Una canción sucede a la anterior como si de la chispa precisa para hacer saltar el polvorín se tratase. Lástima que el público no acompañara la, a priori, apuesta segura del colectivo notedetengas, quienes esperaban algo más que las sesenta almas que conformábamos el público. Quizá por la escasa afluencia, el concierto no sonó todo lo contundente que cabía esperar; demasiados decibelios en el arranque hicieron que la voz de Sara se perdiera en la intrincada amalgama de distorsiones y efectos que atronaban desde la pedalera de su compañero Gonzalo.

Pero, de repente, la mecha ardió. Crepitaron las cuerdas eléctricas a la vez que la batería hacía retumbar el suelo. La noche oscura del alma dejó pasó a la frenética claridad del día, o quizá fuera justo al revés, y Nadadora se reveló -casi 45 minutos después de haber empezado a tocar- como la gran banda que es. Hasta Montxo, el teclista, abandonó su concentrada actitud para dar palmas en Una nueva vida, ya en el tercio final del concierto.

En esa parte sonaron los mejores temas (Siempre, Solo sombra, 1987.0) de su más que notable álbum y el público se entregó. La pesadilla mutó en sueño febril y anfetamínico. Dani, a punto estuvo de destrozar las baquetas (tengo una en casa que lo atestigua), Gonzalo y Sara sonaron (entendibles) al fin, y Nadadora emergió a la superficie de las turbulentas aguas en las que nos había sumergido durante casi hora y media. Pudo estar mucho mejor, quizá sí. Aunque como decían los Curristas y los Paulistas al salir de la Maestranza tras una anodina tarde de abril, “dos naturales bien daos bien valen el precio de la entrada”.

Nadadora . Sala Porta Caeli, Valladolid (18/03/11)

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