Delafé y Las flores azules

Pocos grupos pueden conjugar a la perfección nostalgia y felicidad en iguales dosis como lo hacen Delafé y Las flores azules. Tras el envoltorio del chicle hip-pop que envuelve sus tres discos hasta la fecha, el último trabajo publicado vs. Las trompetas de la muerte es su apuesta más madura y también la más amarga. Al frescor clorofílico de los dos primeros discos junto a Facto se suma ahora el regusto a fresa ácida que deja tras cada escucha este complejo repertorio sobre las relaciones rotas y la necesidad de seguir adelante pese al dolor que conlleva la ruptura. Nada de esto se vislumbra al disfrutarlos en directo. Si su primera actuación -literalmente- a orillas del Pisuerga, el pasado 21 de julio en el Museo de la Ciencia estuvo repleta de ‘buenrollo’, su reciente paso por la sala Porta Caeli, este 25 de marzo, fue, sencillamente, inolvidable.

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Cerca de dos horas de ritmo, complicidad, bromas, y muchas, muchas canciones que se han convertido por méritos propios en himnos generacionales. Un epíteto complicado de justificar en este caso, ya que entre las cerca de 300 personas que sudaron, rieron, gritaron y lucharon por no deshidratarse había desde cuarentones irredentos a veinteañeros ávidos de fiesta. Ninguno se sintió defraudado al terminar la actuación de los catalanes, quienes se marcaron una primera parte del bolo ‘del tirón’ a lo largo de hora y media en la que engarzaron una canción tras otra. Este ‘no parar’ tuvo todavía más mérito si se tiene en cuenta el resfriado de Helena Miquel y, sobre todo, la hernia discal que nadie hubiese jurado que Óscar D’aniello sufría y que no le impidió saltar y bailar de un lado a otro del escenario durante todo el concierto.

Con un aforo entregado casi desde la primera canción, el concierto se convirtió a los pocos minutos en una especie de comunión grupal, musical y festivalera. ¿Quién dijo que el público de Valladolid es frío? Nadie podría jurarlo si hubiese escuchado cómo se coreaba -y gritaba- cada canción. Cómo se bailaba, se daban palmas y se pedía otra, y otra en una suerte de bises que se extendieron a lo largo de más de 20 minutos. No diga “Jesús”, diga “Delafé, señora”. Poco importa que la estructura del concierto fuera exactamente igual que en verano. Las cosas de verdad -la alegría, la nostalgia- no se ensayan. Y conciertos como éste son de los que no conviene perderse. A buen seguro, más de uno todavía lo recuerda y comentará dentro de un tiempo esa frase tan en desuso: “Yo estuve allí”.

Delafé y Las flores azules . Sala Porta Caeli (25/03/2011)

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