Drive

El arte de sublimar la nada. Eso mismo, nada, tengo en contra del director danés Nicolas Winding Refn ni del autor de la novela homónima en la que se basa la película de culto (sic) de 2011. James Sallis, que así se llama el escritor, parió esta fábula de la incomunicación y oda al Síndrome de Asperger disfrazado de mecanismo de autodefensa allá por el año 2005. Ya se rumorea que en este 2012 verá la luz su secuela literaria. ¿Casualidad? No lo creo. Pero vayamos a lo cinematográfico que es lo que nos (pre)ocupa. La realización de Winding Refn no tiene discusión posible desde el punto de vista técnico. Si buscamos referentes cercanos es obvio que tanto Michael Mann como Quentin Tarantino serán los primeros en venir a nuestra memoria visual, pero también hay aromas de la serie B más clásica. ¿Intencionadamente? Creo que en el caso de Mann, sí. Winding Refn sumerge su película en una atmósfera post ochentera de manera deliberada. La sombra de Miami Vice llega a oscurecer el primer tercio de la cinta, excepción hecha de la inmejorable secuencia inicial de la película, que a la vez sirve de presentación y descripción del anónimo personaje protagonista. Y ya está. Lo que viene a continuación es un tremendo galimatías que terminará en nada. Una nada muy bien adornada y contada en 108 minutos.

Antes de seguir, algo importante. Es necesario desligar la novela original de la historia que se nos cuenta en esta película. Digamos que el libro sirve de pretexto, a partir de él tanto el director como el guionista -el iraní Huseín Amini- y el actor principal, Ryan Gosling, realizan una composición del personaje protagonista que lo eleva a icono. Pero, ¿icono de qué? Eso ya es más complicado de explicar.

En este punto quizá sea necesario repasar parte de la filmografía de Nicolas Winding Refn para responder a esa pregunta. El realizador danés se autohomenajea a través de uno de los momentos que quizá conserva mayor fuerza visual de toda la cinta. Y me refiero a ése que anticipa una de las elipsis de violentus interruptus mejor planificadas de los últimos años. ¿El disfraz de nuestro héroe anónimo, no guarda cierto parecido con el destroyer alterego del presidiario protagonista de Bronson (2008), también dirigida por Winding Refn? ¿Casualidad? Tampoco lo creo.

Estos detalles son los que considero necesarios para comprender el espíritu que subyace en la pretendidamente minimalista estructura narrativa del guión. El otro punto fuerte es la composición que realiza Gosling, mucho mejor actor que el inexpresivo mecánico-especialista-piloto protagonista de esta película. Todo lo que su personaje dice sin decir (su pose, su vestimenta…) es un alarde de composición. Sin embargo, se me plantea una duda. ¿Es mérito suyo o somos nosotros, los espectadores, quienes tratamos de encontrar una trascendente explicación a cada mínimo detalle que se nos desvela del desconocido conductor protagonista?

Apuesto por lo segundo. Mi teoría se sustenta en lo que la propia película conscientemente nos muestra. Diálogos casi inexistentes, una banda sonora que completa todos los vacíos que deja un guión de gruyère y una historia de amor menos creíble que los matones que encarnan Ron Perlman y Albert Brooks. Aquí es donde todo hace agua. Cuando se nos quiere contar una historia los fallos se suceden. La cinta sólo se sostiene si se acepta la estética videoclipera como vehículo (qué ironía) estilístico de lucimiento. Celofán que envuelve un beso a cámara lenta en el interior de un ascensor que baja a los infiernos de la violencia animal. Una gota de sudor. Un martillo. Una chaqueta ensangrentada con un escorpión en la espalda. Imagen. No cine.

Quizá sólo la estilizada realización, la fotografía, la iluminación; es decir, la técnica, logre perdurar en la retina del espectador con el paso del tiempo. El resto ya se había contado (mucho mejor) antes, y no me refiero a la novela de Sallis. Me explico. Nicolas Winding Refn demuestra su admiración por el cine de acción de serie B con películas como ésta o la ya comentada Bronson. Curioso. El director, guionista y productor norteamericano Walter Hill debutó tras las cámaras en 1975 con la película El luchador (Hard times) protagonizada por… ¡bingo! Charles Bronson. ¿A que no adivina el lector cuál fue su segunda película como guionista y director? Exacto. Se tituló Driver (1978) y estaba protagonizada por otro Ryan, Ryan O’Neill. En ella, ningún personaje del trío protagonista tenía nombre. Demasiadas casualidades, ¿verdad? No, definitivamente esta vez no.

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2 comentarios en “Drive

  1. Está claro que aquí hay un debate entre quienes creen que Drive no es más que un drama del montón y quienes sacan (o sacamos) partido de cada escena intentando buscarle el sentido a eso que no se nos cuenta. Creo que el misterio que envuelve al personaje y la manera en que se le presenta es digno de admirar. Una chaqueta llamativa, un palillo en la boca, nula conversación… Con algo bastante simple el director ya ha logrado crear un protagonista carismático para el espectador. Veo que no te convence lo que representa este ‘driver’. Para mí es la imagen de un superhéroe sin disfraz. Un tipo que ha debido de pasarlas muy putas en su infancia, que ha salido adelante como ha podido y que ahora solo pretende ser normal, pero él mismo termina impidiéndolo.

    Aquí ya entra el tema de gustos personales. Para mí es una historia ‘bonita’ si quieres llamarlo así. ¿Que ya se ha contado antes? No lo dudo, pero el cine también va de eso ¿no? De contar historias, cada uno a su manera. En Drive se centran mucho en la forma más que en el fondo, cierto. Pero de ahí a decir que es “imagen pero no cine” creo que va un mundo.

    A la actuación de Ryan Gosling pocos peros se le pueden poner. Y soy el primer sorprendido, créeme. Puede que el papel de los malos no sea el más creíble, pero tampoco era creíble que Bud Spencer y Terence Hill fueran ‘Dos superpolicías’ y oye… yo los recuerdo con cariño. Tal vez por eso de que eran los 80 e importaba más que el protagonista fuera recordado por su pose y no por su calidad sobre el escenario.

    Se habla mucho de las miradas entre los protagonistas y las sensaciones que eso produce al espectador. Ahí no estoy de acuerdo. Miradas de cine son las de Paul Newman y Piper Laurie en ‘El buscavidas’, pero la historia de amor en sí no creo que sea criticable del todo. Tiene un sentido, tiene credibilidad. Y a mí eso me suele valer.

    En resumen, me esperaba ver un ‘The Fast and the Furious’ versión 27 y he agradecido sobremanera no tener que tragarme persecuciones interminables, explosiones gratuitas, golpes entre vehículos que siguen rodando como si nada… He visto la historia de un tipo anónimo que trata de buscarse a sí mismo. Tal vez esté forzando la máquina e intente buscarle un sentido trascendental que no tiene, pero yo disfruto el cine así ¿qué pasa? xD.

    • Estoy contigo en muchas cosas, salvo en una. No me creo la historia. Todo me parece artificial. Quizá le pido demasiado a una película que pudo ser redonda y se quedó en aceptable y por eso me resulta fallida. Aunque creo que durante mucho tiempo le acompañará la molesta etiqueta de ‘moderna’.

      No hay mayor antihéroe que Eddie Felson. Un nombre inolvidable para quien lo conoció. Que se lo pregunten a Tom Cruise…

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