La noche más oscura (Zero Dark Thirty)

Zero Dark ThirtyA la vista de sus últimas películas, muy poco queda en el cine de Kathryn Bigelow del pulso y la precisión a la hora de contar historias con que debutó aquella directora y guionista hace tres décadas. Con el paso de los años no se atisba resquicio alguno del innegable talento de aquella mujer llegada a finales de los años 80 a revolucionar -y redimir- el cine de acción repleto de esteroides y anabolizantes. Acero azul supuso un reconfortante soplo de aire fresco en el género, como también lo fue Le llaman Bodhi. Comenzaron a circular las leyendas. La rumorología otorgó a Bigelow todo el mérito de las impactantes secuencias de acción, rodadas a golpe de steadicam, de Aliens: el regreso. La exmujer de Cameron poseía el nervio, el músculo; pero también el ritmo. Controlaba los tiempos, creaba un clímax. Todo aquello se diluyó a mediados de los 90, con el estreno de la muy ambiciosa, pero fallida, Días extraños. Su carrera, entonces, dio un giro para adentrarse -con suerte desigual- en el thriller psicológico, sin abandonar la acción. El peso del agua y K-19: The Widowmaker fueron sus exiguas incursiones en la pantalla grande en el primer tramo del nuevo siglo. Una época marcada por alimenticios trabajos en series de televisión.

Su esperado retorno al cine de acción llegaba de la mano del subgénero bélico marcado por el ramalazo psicológico que otorga todo desorden del estrés postraumático que se precie. En tierra hostil (The Hurt Locker) resultó que nos dejaba a una directora en tierra de nadie. Aunque todo esto poco parecía importarle a una industria acostumbrada, como el Saturno de Goya, a devorar a sus primogénitos. La película se alzó con seis de las nueve estatuillas a las que aspiraba en la Gala de los Oscar 2010 y Bigelow hizo historia. No sólo se convirtió en la primera directora en llevarse al tío Oscar a casa, sino que derrotó a su ex, James Cameron, cuya Avatar tuvo que conformarse con las migajas de los premios técnicos (y los más de 2.000 millones de dólares de la taquilla).

Tras el aluvión de premios, no sólo los Oscar, la expectación creció acerca de qué proyecto nos devolvería a la directora ya consagrada como ‘adalid de una nueva generación de mujeres maduras y capaces de hacer las cosas como los hombres sin tener que demostrarlo cada cinco minutos’. Esto es Hollywood. Kathryn Bigelow sólo ha tenido que esperar 30 años, A Hitchcock nunca le dieron un Oscar…

El proyecto elegido tras su muy oscarizada incursión en los desastres de la guerra versión yankee -que no goyesca- ha sido la desmesuradamente ambiciosa reconstrucción de la búsqueda, localización y exterminio del enemigo público número uno. El hombre del nombre impronunciable. Para ello apostó a valor seguro. Repitió tándem con el guionista y productor Mark Boal y se adentraron en la psique de los agentes de Langley que viven por y para capturar terroristas. Los anónimos superhéroes modernos que trabajan días y días sin descanso. Cuyas vidas quedan reducidas a una pequeña notificación en la esquina inferior izquierda del monitor de su ordenador. Hombres y mujeres, pero sobre todo mujeres, que de manera concienzuda escudriñan vídeos de interrogatorios, torturas, atentados, misiones espía que graban drones que sobrevuelan Afganistán… Todo por nuestra seguridad. Presente y futura. Esto es, o pretende ser, La noche más oscura (Zero Dark Thirty).

Todo lo que semana a semana durante 24 capítulos y dos temporadas nos ha descrito de manera magistral Homeland. Sólo que inflado y estirado. Ahora tenemos un remedo de Carrie Mathison de nombre Maya y pelazo a lo Lana del Rey. Nos adentramos en las tripas de la CIA, olisqueamos sus malolientes y pútridas entrañas a base de una sucesión de capítulos que, básicamente, van de un atentado a otro. Sin sorpresa alguna para el espectador, ya que incluso la cámara nos prepara para lo inevitable. Asistimos a la escalada del terror no sólo en la todopoderosa land of the free, sino también en la Vieja Europa. De manera incomprensible Boal y Bigelow obvian todo lo ocurrido el 11 de marzo de 2004 en Madrid. Es algo que, en aras del supuesto rigor que envuelve todo lo rodado a lo largo de 157 interminables minutos, no se explica. Londres. 7 de julio de 2005. Fin.

La acción es inexistente. Ni siquiera los últimos 20 minutos de película poseen un ritmo reseñable. La obsesión por narrar cronológicamente diez años de febril búsqueda lastra la cinta de principio a fin. Un fin de sobra conocido y deliberadamente enturbiado. Unos hechos sobre los que la película pretende servir como explicación definitiva. Carpetazo y a otra cosa. Casi tres horas para justificar el terrorismo de estado. Para convencernos de que la obsesión movida por la sed de venganza es un valor encomiable.

Cómo se echa de menos la verdad que destilaba la cámara en aquel homenaje confeso a Edward Hopper. El miedo transmutado en rabia y valor de aquella policía que interpretaba Jamie Lee Curtis. A Hudson y Hicks moviéndose como si tuvieran prisa. Los anfetamínicos robos de la banda de los expresidentes… Incluso el amor apocalíptico de Mace y Lenny. Cómo se echa de menos disfrutar tanto en una sala de cine. Pero qué suerte haberlo vivido.

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