Las chabolas de la Uralita

Las chabolas del tuertoEl derribo de los restos de la antigua fábrica de Uralita y el vallado del terreno circundante ha provocado el éxodo de muchas de las personas que habitaban las naves en ruinas hacia enclaves cercanos del antiguo plan de La Florida. Los descampados abandonados cercanos al enclave chabolista de Juana Jugán albergan desde hace menos de un mes hasta siete nuevos asentamientos. Los chamizos se pueden observar cada día desde el acceso al paseo de Juan Carlos I por el puente de la avenida de Madrid. Una de las principales vías de entrada a la capital vallisoletana por la que circulan a diario miles de conductores procedentes de la zona sur del alfoz capitalino. Además de los nuevos enclaves que se ocultan tras el abandonado campo de fútbol situado frente al colegio San Francisco de Asís, los propietarios de las famosas ‘Chabolas del tuerto’, bajo el puente, han aprovechado los días previos al vallado de los terrenos de Uralita para recolectar materiales que les han servido para adecentar sus viviendas.

La situación ha destapado al menos dos realidades. Por un lado, que eran ciertos los rumores que apuntaban a que varias personas habitaban las naves abandonadas de Uralita durante más de cuatro años y que habían sido expoliadas constantemente desde entonces y; por otro, que sus pobladores han aprovechado los días posteriores al derribo de las instalaciones y previos al vallado perimetral para recolectar materiales de construcción que les han servido para construirse un techo en el que cobijarse durante los lluviosos últimos días de la recién finiquitada primavera. La pregunta que flota en el aire ahora es: ¿habrán sido construidas estas chabolas con restos de fibrocemento?

Un comentario en “Las chabolas de la Uralita

  1. Vivo al lado (Pinar de Jalón) y conozco la realidad hace tiempo. Voy más allá, existe otro pequeño asentamiento en el propio pinar con varias familias. Un día fui a llevarles unos colchones que me sobraban y me llevé una sorpresa tan grata como evidente: ¡me encontré gente!. Niños, adultos y jóvenes con las mismas emociones, sentimientos e inquietudes que cualquiera de nosotros. Esa visita me enriqueció tanto que volví y les llevé comida, juguetes, ropa, enseres de todo tipo… y cuál sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que lo que recibieron con más emoción no fue la comida. Los niños estaban felices con los juguetes (Cómo no, son niños) pero la felicidad para ellos fue que alguien les tratara como a personas, sin desconfianzas ni recelos. Cara a cara de tú a tú y con humanidad. La humanidad que nos falta, muchas veces, en los semáforos cuando los hacemos invisibles mirando para otra parte o cuando los vemos por la calle. Está claro que son tiempos difíciles para todos, pero más aún para aquellos que ni siquiera tienen lo esencial: una vivienda, una cama y la dignidad de ser tratados como personas.

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