Pobres señores Darling

Los inviernos ya no asustan como antes, pero esa mañana de enero una ráfaga de hielo se tornó en un rechinar de dientes. Ella se agarró con ambas manos al auricular del teléfono antes de marcar el número de casa. Su madre se lo descubrió en seguida. No hizo falta mucho más. La esperaban a comer, entonces hablarían. Colgó y comenzó a recoger sus cosas para introducirlas una a una en la caja de cartón. Como una autómata apagó el ordenador y se colgó el bolso del codo izquierdo antes de cargar con ambas manos con la caja sobre la que hacía equilibrios su abrigo. Sus ojillos se asomaban entre las arrugas del gabán tratando de vislumbrar los obstáculos de camino a la puerta de salida. De ahí al coche fue todo coser y cantar. El pecho dejó de pesar. El nudo de las tripas se deshizo y un escalofrío le recorrió la columna vertebral antes de cerrar la puerta trasera del coche. Giró levemente el rostro en dirección al edificio en el que había pasado la mayor parte de sus días durante los últimos ocho años. Aguantó un suspiro, abrió la puerta delantera, se cruzó el cinturón y giró la llave de contacto. Durante los siguientes quince minutos ni se acordó de encender el aparato de radio. Cuando frenó ante la casa de sus padres, el abrigo se despeñó de la caja de cartón y acabó alojándose bajo su asiento.

 A sus 38 años éste había sido su primer y único empleo. Sus padres ya se habían encargado de procurarle la mejor educación posible. Del colegio público al concertado, los cursos de idiomas en verano, las prácticas de la carrera que le llevaron a trabajar -y malcobrar- de becaria dos años y ahora la patada. Bueno, pensó, al menos me queda el paro. Dos años. 40. Zozobra. El trayecto en ascensor se hace eterno. Traga saliva y vuelve a tomar aliento.

 Los razonamientos y las explicaciones e entremezclan con los primeros platos. Sonrisas forzadas que dejan paso a las primeras lágrimas cuando madre e hija se levantan para recoger la mesa. El padre, que se ha mantenido en un prudente segundo plano, renuncia a su habitual cigarrillo en la ventana y se une a la sobremesa. La mamá se pregunta qué han hecho ellos mal y ése es el detonante. Tras el repaso pormenorizado de todos los logros académicos de su pequeña a las penurias que tuvo que pasar hasta conseguir un contrato a jornada completa. Un sueldo decente, una trabajo estable. Indefinido. Exacto. Imposible de definir. Sabes cuándo entras, pero no cuándo sales. No te puedes explicar por qué un mes te pagan el día tres y otro el seis, cuando a ti siempre te cobran el alquiler el mismo día.

 Las manos entrelazadas sobre la mesa. El café aún humeante. Los resquemores. La ira. Y ahora qué hago. Comienzan las dudas. ¿Agotar el paro? Ese dinero es tuyo, zanja su padre. No lo pierdas. Ya, pero qué hago dos años en casa; se pregunta ella.

 La zozobra se traslada de uno a otro miembro de la familia. Éste es el verdadero drama. Padres que sólo buscaron lo mejor para sus hijos. Que se esforzaron a lo largo de los años para evitarles todas las penurias por las que ellos mismos pasaron… Y ahora qué. Una carrera universitaria, idiomas, informática… Media vida estudiando, ‘formándose’ para que de la noche a la mañana te digan que ya no sirves. Que es lo mejor para todos y que alguien con tu formación no tendrá problemas para encontrar algo en seguida. Siempre que se cierra una puerta se abre una ventana. La perorata habitual. Frases hechas para animar a personas deshechas.

 Esta crisis nos está matando. Está acabando con familias enteras. Condenando a padres y abuelos a revivir las miserias. A hacer propias las ajenas. A quitar los muebles de la salita de estar para volver a convertirla en ‘el cuarto de los chicos’. A vivir con 200 euros.

 La pequeña Wendy salió volando un día por la ventana de casa y tuvo que regresar por la puerta de atrás. Nadie le preparó nunca jamás para esto. Los pobres señores Darling ya no saben qué contar. Los cuentos ya no sirven. Su pequeña se los sabe todos.

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