Mucho más que un número

Fue comenzar a leer acerca del modelo escandinavo y comprenderlo todo. Comenzó por la necesidad de destinar un mayor porcentaje de los ingresos de los ciudadanos a políticas de protección social. ¿Quién lo necesita, si tenemos un 75% de la población ocupada?, le dijeron. Sí, claro, pensó él. Como si esto fuera a durar eternamente. Si evitas la pobreza, se dijo, evitarás la fractura social y el país podrá seguir adelante incluso cuando vengan mal dadas. Los escandinavos saben lo que se hacen, dedujo. Allí los inviernos son fríos de verdad. No como aquí.

A continuación, y tras revisar otra pila de documentos dispuesta sobre la mesa de su despacho a modo de parapeto, comprobó con estupor cómo el porcentaje de jóvenes que participa de las labores parlamentarias en estos países era insultantemente elevado. Justo en proporción inversa a sus edades. Chavales de menos de 30 años tomando decisiones para su país y renunciando a la política después de un mandato para continuar con su actividad profesional. Asombroso.

Pero lo que más le llamó la atención fue la dedicación nórdica al conocimiento. Ciencia, tecnología, investigación… Cultura, en definitiva. Progreso, reflexionó. Una herramienta para garantizarse fuentes alternativas de financiación… cuando en invierno haga frío de verdad. ¡Exacto! Y todo ello financiado, de nuevo, con impuestos de los ciudadanos. Unas tasas a las que todos están dispuestos a contribuir. Un dinero que el pueblo sufraga casi con una sonrisa en sus labios. Increíble.

Alargó el brazo hasta uno de los cajones de su escritorio del que extrajo una calculadora del tamaño de la palma de la mano. Tecleó apresurado y vio cómo iban apareciendo diferentes dígitos en el display. Anotó cantidades, porcentajes, cifras, totales, subtotales. Hizo raíces cuadradas, hasta llegó a garrapatear un par de derivadas. Para lo cual tuvo que desempolvar el Teorema de Cauchy, que llegó acompañado de un par de turgentes recuerdos de su época universitaria.

¡Listo! Sin tiempo que perder avisaría a sus congéneres y les transmitiría su decisión. Pero, antes de eso, sería necesario recopilar toda la información. Todos estos datos y documentos que él mismo había consultado a lo largo de las últimas semanas. El mayor número de ediciones posibles. Tanto las copias traducidas como las publicadas en su idioma original. No fuera a ser que… Sí, ése debía ser el primer paso. Y después ya podría poner en conocimiento del resto las decisiones que había adoptado. Desde luego se trataba de una maniobra arriesgada. Dolorosa, si se quiere. Pero que reportaría beneficios a medio largo plazo. Eso era indudable.

Había que subir los impuestos. Sí. Y hacerlo a la usanza de los países escandinavos. Ése era el camino. Simple, ¿verdad? Al principio la medida no se entendería, eso él lo daba por descontado. Sin embargo, en seguida se empezarían a ver los progresos.

Lo primero era impedir el libre acceso a la cultura. Desde luego. Y volver a entorpecer el desarrollo científico y tecnológico. No podíamos permitirnos algo así. Ah, y endurecer las condiciones para que cualquiera. Sí, para que un ‘cualquiera’ accediese a la enseñanza superior. Eso vendría después. Y esperar. No hacía falta más. Cuando llegasen las protestas echaría mano de las habituales maniobras de distracción. Una polémica por aquí, dos declaraciones altisonantes por allá y asunto arreglado. Estamos hablando de un asunto de prioridad máxima.

¡Jóvenes de menos de 30 años en el parlamento! ¿Dónde se ha visto eso? Queriendo cambiarlo todo. ¡Por favor! Esto se arregla dando a la gente cosas realmente importantes en las que pensar. Pongamos, seis millones. O quizá siete. Bueno, ya veremos. Tomaremos la decisión cuando llegue el momento. Lo primero es lo primero. En realidad, qué más da cinco que seis. Para nosotros no es más que un número, sonrió para sus adentros. Un número más.

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