La luz

Bajó como cada mañana al parking con la legaña aún pegada y el regusto amargo del café todavía en la garganta. El espejo le devolvió un reflejo borroso que él atribuyó al perpetuo cansancio por la falta de sueño. No le dio ni la más mínima importancia. Sonó un molesto pitidito, se abrió la puerta del ascensor y la luz del interior del cubículo le alumbró el camino hasta la puerta de acceso al subterráneo. La mezcla de olor a humedad y a productos de limpieza comenzó a despertarlo. Cuando llegó a la altura de la puerta de su coche se preguntó, como todas las mañanas, si había pulsado -o no- el botoncito del cierre centralizado. Bah, pensó, qué más da. Y lo volvió a pulsar.

Subió al coche, esperó uno, dos, tres segundos a que el ordenador de a bordo le indicara que todo estaba correcto y giró la llave de contacto. La engolada voz de la radio comenzó a parlotear sin parar acerca de las bondades del Gobierno. Resopló, ladeó la cabeza y accionó el mando integrado en su volante. Un par de clicks después decidió parar la ruleta. Sonaba una conocida canción de Suzanne Vega en la que una mujer entraba a una cafetería. Café. Brrr. Seguía teniendo el sueño pegado a los párpados. Metió primera, el coche avanzó y la emisora crepitó antes de enmudecer.

Comenzó a ascender la rampa al primer sótano y le sorprendió el recuerdo vívido de la voz del locutor nada más arrancar el coche. “Estamos saliendo de la crisis gracias a los ajustes y las reformas”. “La economía se empieza a mover…”. Ésa fue la última frase que escuchó antes de decidir cambiar el dial. Cada mañana la misma perorata, pensó a medida que el vehículo ascendía la rampa y comenzaba a girar para acceder al piso superior.

La espiral se le hizo eterna. Literalmente. Giró y giró y siguió girando durante casi dos minutos. Nunca antes se le había hecho tan largo el trayecto. Cuando las palmas de las manos empezaban a resbalar sobre el volante lo vio. Ahí, al fondo. Un poco más y ya estaba. Giró un poco más, levantó el pie del embrague para acelerar la marcha y llegó al nivel superior. Por fin.

Continuó en dirección a la rampa de salida. Pasó por delante de los mismos coches que cada día ocupaban las mismas plazas y que parecían reposar inmóviles en ese cementerio de elefantes. Sorteó la columna. Sí, todos los parkings tienen una. La rodeó por el lado derecho y enfiló el que creía sería el pasillo de salida. Pero no fue así.

El olor a humedad volvió mezclado con el del friegasuelos. La emisora recobró la voz y Suzanne Vega continuó la historia de la cafetería donde la había dejado en la planta inferi… ¡Qué coño! ¡Imposible! No podía ser. Volvía a estar en el segundo sótano. El coche avanzaba en dirección a la interminable rampa. No. No podía ser. Sin duda se había quedado dormido. Eso es. Se había dormido y todo esto no era más que un sueño. Sí, eso debía de ser. Sin duda.

Demasiados días sin dormir como Dios manda. Demasiadas vueltas en la cama. Demasiadas horas sin hacer nada. Sin poder hacer nada. Seguro que había olvidado activar la alarma. Menuda mierda, pensó. Encima voy a llegar tarde. Pero no. Todo hubiera sido más fácil así. Pero no. Ahí estaba otra vez. Tom’s Diner en la radio sonando sin parar. Chuchu-churu, Chuchu-ruru. Chuchu-churu, chuchururu.

La voz de la cantante hizo que se le helara la sangre. Trató de frenar. De parar el coche y bajarse. Pero tampoco pudo. Era como estar dentro de una atracción de feria. Como estar montado en un vagón de la montaña rusa. Joder. ¡Quiero salir de aquí!, se dijo. Vamos. Piensa algo. Rápido. Piensa.

Trato de hacer memoria. Su cerebro se activó. Su pensamiento se movió a toda velocidad. Dio igual. No sirvió de nada. Hiciera lo que hiciera todo se repetía una y otra vez del mismo modo. Como en un bucle sin fin.

De repente optó por una solución descabellada y volvió a girar la ruleta del dial. Ahora en sentido contrario. Buscó la voz engolada. Los nervios le jugaron un par de malas pasadas, hasta que al final atinó con la emisora. “Estamos saliendo…” volvió a escuchar. Sí, al fin. Ahí estaba la luz. Al final de la rampa. Sí. ¡Por fin! ¿O no?

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