Dosis

No sería hasta muchos años después cuando la isla hawaiana de O’ahu se hiciera famosa gracias a la serie de televisión ‘Perdidos’. Antes de eso, ¡Dios!, ahora en la distancia parece una eternidad. Antes, decía, la isla era un paraíso para los surfistas. Su capital, Honolulú es uno de los lugares más caros del archipiélago, si no el mayor. Siempre hay que pagar peajes por mantener el estado del bienestar. Cuesta mantener el ritmo. No todos los vagones de la locomotora consiguen mantenerse dentro de los raíles a tanta velocidad. Crisis, desempleo, alcohol, drogas, desahuciados, vagabundos, indocumentados, tirados. La rapidez con la que el hielo -la gente también la conoce como roca o cristal- se extendió fue casi una metáfora del subidón que los adictos consiguen con cada dosis. Bien inyectada o aspirada a través de pipas de plástico en las que previamente se calienta la roca con la ayuda de un mechero. Fuego y hielo en el océano Pacífico. Qué ironía. El infierno en mitad del paraíso.

Aquel Valhalla de surfistas, hippies trasnochados y emo-adolescentes devotos de un grunge que nunca conocieron flotaba sobre una gigantesca nube de metanfetamina. Vidas arrojadas a la papelera de reciclaje del escritorio virtual de la generación dospuntocero. Archivos corruptos desde el momento en que probaron por primera vez la droga. Las marcas de los pinchazos en el cuello, en las axilas, en los pechos… El ansia.

Sólo lo sientes la primera vez. El subidón. Ese orgasmo multiplicado por mil, por un millón. Luego no puedes dejar de consumir buscando reeditar ese momento. Pero ya nunca vuelve a pasar. Y dejas de sentir todo lo demás. Todo tu mundo alrededor desaparece. No hay padres, hijos, familias… Nada.

Alguna de esas veces en las que se ella se quedaba mirando su imagen en el espejo, con la jeringuilla todavía colgando del cuello, imploraba a su reflejo que algo hiciera click dentro de su cabeza. Ni siquiera lograba llorar. Sentir era un lujo que, después de cuatro años en las calles, entregada a cualquiera que le pagase una dosis, ya no podía permitirse.

La noticia no llegó a su familia hasta casi una semana después, cuando una llamada anónima alertó de que su cuerpo sin vida yacía como un despojo en el interior de ese inmenso rascacielos abandonado que se erguía impávido en el centro de la isla. Tenía 23 años.

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