Estocolmo

Jan vivía en un pequeño apartamento dentro de una zona residencial junto a un parque en Hägerstensåsen, al sudoeste de Estocolmo. La estancia era pequeña, aunque acogedora. Apenas algunos muebles, heredados del anterior inquilino -y propietario- del inmueble, su desvencijada bicicleta, que colgaba de un gancho detrás de la puerta de entrada y poco más. El único vestigio de su traslúcido paso por la vivienda era la pecera del saloncito. A la izquierda de la puerta y prácticamente en frente de la televisión, aunque ubicada por detrás del sofá Kivik de dos plazas.

De entre todos los anaranjados pececitos fantails uno destacaba dentro de la monocromática monotonía. Ojitos, que era como Jan lo había bautizado, se pasaba la mayor parte de su acuática existencia pegado al cristal del acuario y siempre pendiente del monitor de televisión cuando éste se encontraba encendido. Desde este lado del cristal la situación resultaba graciosa. Siempre daba pie a más de un comentario jocoso por parte de las visitas. “Es como Nemo”, decían unos, ajenos a su error. “Mira cómo se fija”, señalaban otros, orgullosos de su perspicacia. Pero dentro de la pecera todo era muy distinto.

Ojitos, al que en realidad sus congéneres conocían por el impronunciable nombre de gluglu-gugu-glú, era una suerte de vigía. El encargado de trasladar a sus compañeros de celda acuática todo cuanto sucedía en ese incomprensible mundo exterior donde la vida sólo se mostraba de ocho a once de la noche, de lunes a viernes y, de forma ininterrumpida, de doce a doce los fines de semana. Todo esto sería mucho más entendible si los peces llamasen a los días de la semana igual que los humanos o considerasen que su duración es de 24 horas, algo impensable para un organismo cuya esperanza de vida no supera los diez años.

Ojitos no perdía detalle de todo cuanto sucedía en aquella otra caja de personas que se encendía y apagaba en horarios tan complicados para su cerebro escamado. La vida de ese incomprensible universo exterior transcurría la mayoría del tiempo fuera del agua. ¿Cómo era posible eso? Él mismo había visto ahogarse en sus propias branquias a más de un pariente al abandonar el medio acuoso. El terrible tono azulado que iba adquiriendo su piel era el presagio del fin. Los ojos se les salían, literalmente, de las órbitas, sus cuerpecitos se sacudían desde la boca a la cola hasta la extenuación y luego el fin. Nada. Así se acababa todo para ellos.

Sin embargo, las cosas no eran ni mucho menos así para los habitantes de la celda que se encendía y apagaba en el mundo seco. Los seres alargados iban y venían, reían, lloraban, gritaban, comían. Y se les veía felices dentro de su jaula de cristal. ¡Y qué de ellos había! El pez vigía nunca pudo averiguar cómo era posible que cupieran tantos en un espacio tan reducido, apenas un poco más grande que su propia prisión. Y ellos no estaban precisamente encantados de tener que moverse siempre entre las mismas algas de plástico, el cofre del inexistente tesoro y el aburrido buzo que subía y bajaba por el efecto de las burbujas del filtro.

Ojitos nunca llegó a comprender en sus ocho años, tres meses y 22 días de vida cómo a aquellos seres no les afectaba lo más mínimo eso de que ellos también se volvieran azules. Porque los habitantes de la celda de cristal continuaban riendo y gritando aun cuando el dueño del piso, Jan, yacía desde hacía varios días en el suelo del saloncito sueco. Ojitos no lo supo al instante, tuvo que esperar hasta que al hombre inmóvil se le amoratasen los labios para descubrirlo. Después llegó lo peor. La escasez de alimento. La podredumbre del medio y los cuerpos del resto de los peces flotando panza arriba. Mientras, el buzo parecía burlarse de todos ellos subiendo y bajando sin parar rodeado de burbujas.

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