Monstruos

A Pablo le gustan los animales. Nadie lo hubiera dicho jamás al conocerlo. Por su aspecto desgarbado y sus enormes gafas de miope todos pensarían de inmediato que se encontraban delante del típico empollón. El listillo de la clase. Pero no. A Pablo lo que en realidad le gustan no son los libros, sino los animales. En concreto los poiquilotermos, es decir, los animales de sangre fría. Bichos incapaces de regular su temperatura corporal y que se pueden pasar todo el invierno aletargados, mientras que en verano buscan con desesperación la luz del sol. Porque cuando la temperatura ambiente desciende demasiado, los animales de sangre fría se vuelven torpes y se esconden, para, así, no ser presa fácil de sus enemigos.

Pues bien. Pablo quería un camaleón en su cuarto. Ya se había acercado por un par de tiendas de animales cercanas a su casa para preguntar por el precio de los terrarios, la alimentación y las costumbres del animal. Siempre le había llamado la atención la habilidad que tienen estos ‘leones de tierra’ para cambiar de color según las circunstancias. Aunque también se sintió intrigado por cómo eran capaces de utilizar su lengua, rápida y alargada, para atrapar a sus presas y también por sus ojos. Por esa peculiar habilidad de mover cada uno de forma independiente.

Sin embargo a la madre de Pablo no le hacía tanta gracia que ese bicharraco con escamas y ojos saltones fuese a estar todo el día en su cuarto. Los primeros días, con la excusa de la novedad, todo el mundo -bueno, casi todo- estaba encantado con Rico, que era el nombre que Pablo le había puesto. La verdad es que a su madre le horripilaba ese lagarto y por eso decidió cubrir su jaula de cristal con una sábana mientras hacía la cama y ordenaba la habitación de su único hijo. No soportaba tener a esa cosa ahí parada sobre un trozo de rama seca, en el interior del terrario, medio adormilado todo el día, pero con ese ojo escrutando todo a su alrededor.

Lo que repugnaba a su madre era justo aquello que más entretenía a Pablo. El chaval podía pasarse horas delante de la mesa sobre la que descansaba Rico. El camaleón se hacía el interesante. Parecía que la cosa no iba con él y se mostraba perezoso a la hora de ingerir algún trozo de fruta que estaba desperdigado por la jaula. Distinto era cuando Pablo retiraba la tapa Rico podía cazar alguna mosca. Sobre todo esas pesadas que siguen dando la tabarra a finales de octubre por casa y no te dejan tranquilo vayas donde vayas. Rico era un fenómeno. Permanecía ahí, parado. Aferrado al trozo de madera, temeroso de caer al suelo. Y cuando no lo esperabas lanzaba su lengua rápida y precisa. ¡Zas! Adiós, mosca.

Pablo disfrutaba con esto, pero tiempo después lo hizo mucho más cuando descubrió que si ponía cartulinas de colores o forros estampados, de esos que se utilizan para recubrir las tapas de los libros de texto, por detrás de la cristalera de la vitrina, Rico comenzaba a cambiar de color y se mimetizaba con el entorno. Para Pablo era un misterio insondable descubrir cómo hacía eso su mascota. Y cada vez le ponía pruebas más complicadas. Cuadros escoceses, el estampado marrón de Burberry’s, fundas de discos antiguos de sus padres e incluso las carpetas forradas de amarillos y naranjas flúor de alguna de sus novietas.

Precisamente fue un día que una de ellas estaba en su cuarto cuando sucedió la catástrofe. Pablo, cómo no, aprovechó la coyuntura para fardar de mascota y le mostró a la chica todas las habilidades de Rico. Un completo tour con ingesta de cría de hámster Roborowski incluida. Estaban a principios de noviembre y todavía quedaba alguna que otra mosca -rezagada y porculera- revoloteando por casa; así que después del festín ratonil, Pablo decidió dejar la tapa del terrario abierta para que Rico exhibiese sus habilidades linguales a la vez que él hacía lo propio con su invitada; recostados, ambos, sobre su cama.

Con lo que no contaban era con la inoportuna visita de su madre, que entró en la habitación como un elefante en una cacharrería. La mujer irrumpió escudada en  la sábana, que arrojó sobre la vitrina de Rico, al tiempo que preguntaba a la joven si quería un zumo, un café, un refresco… algo; para someterla, acto seguido, a un tercer grado que habría hecho que se le saltasen las lágrimas al director de la KGB.

Nadie se percató esa noche, pero sí a la mañana siguiente. Con Pablo en el instituto su madre regresó al cuarto con la excusa de volver a limpiar, recoger y hacer la cama. No sin antes olisquear la funda cubresábanas para cerciorarse de que su interrupción de la noche anterior se había producido en el momento adecuado. Adecuado para evitar males mayores, claro. Hizo la cama, pasó una mopa por debajo del escritorio, ordenó la ropa que estaba tirada sobre la silla y, con un rápido gesto, retiró la sábana de la vitrina de Rico dispuesta a salir del cuarto.

¡Horror! Rico no estaba. Detrás de la celda de cristal del bicho pudo ver la tapa que la noche antes Pablo había retirado. Eso estaba suelto por casa. ¡No! Estaba allí, con ella. En esa misma habitación. Seguro que mientras ella se agarraba a la sábana ese maldito lagarto de ojos saltones la estaba espiando desde algún rincón del dormitorio de su hijo. Dispuesto a lanzarle un lengüetazo y a comérsela vida. ¡Qué asco!

Pero no. Rico estaba apenas diez centímetros detrás de la vitrina. Con su tripa pegada a la mesa, inmóvil. Una alargada mancha de luz recorría el pupitre en diagonal y ahí, al cobijo de los primeros rayos de sol del día, permaneció casi dos horas más. Fue el tiempo que la madre necesitó para encontrar a alguien que se prestase a entrar en el cuarto, atrapar a Rico y volver a meterlo dentro de la jaula. Finalmente fue un vecino. Un chico joven del quinto con el que se topó en el descansillo y con el que nunca antes había intercambiado ni un saludo. Eso sí. Antes de ponerle la tapa a la vitrina, la madre hizo una cosa más. Cogió uno de los sprays fluorescentes que su hijo conservaba de su fugaz época grafitera y le dibujó una cruz amarilla en el lomo a Rico. Tampoco volvió a poner la sábana nunca jamás sobre la vitrina. Rico, ajeno a todo, siguió buscando la luz del sol cada mañana.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s