Principios

La familia de Albert Lieberman llegó a Estados Unidos al año de estallar la Segunda Guerra Mundial. Su abuelo, Abraham, era zapatero. Su abuela, Sara, demasiado hizo con cuidar de sus cinco hijos. Cuatro chicas y un chico. El padre de Albert, Joseph. Éste hizo todo tipo de trabajos desde niño. Alérgico a la escuela, se le podía ver en el puerto ayudando a los estibadores a descargar en los muelles, robando fruta y verdura de los camiones de reparto, trapicheando con sus vecinos e incluso ejerciendo de matón ocasional en clubes nocturnos en su adolescencia. Joseph se casó con otra inmigrante, una bonita y apocada chica de familia ucraniana llamada Олена (Helen para el oficial de inmigración de la isla de Ellis). La pareja sólo tuvo un hijo, Albert.

Helen enfermó de fiebres tifoideas durante su estancia en el hospital. A saber qué porquería daban de comer a los pacientes. No duró un año. Joseph, un tipo rudo, tosco y para nada amante de los niños, decidió dejar a su primogénito con sus hermanas. Albert fue pasando de una tía a otra durante cerca de quince años. Un día se hartó. Hizo el petate y desapareció. Sólo volvió una vez a su ciudad natal.

El chófer aparcó el coche junto a un ciprés centenario, El pequeño Al, convertido ya en todo un hombre, descendió de la parte trasera del vehículo. Cruzó dos cuadros del cementerio y se paró frente a una mugrienta lápida rodeada de verde césped. Escupió sobre el nombre de su padre y dio media vuelta. Nunca más regresó.

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