La gran estafa americana (American Hustle)

American HustleLo que pudo ser y no fue. Resulta preocupante la indisimulada necesidad de Hollywood por encumbrar a determinadas ‘estrellas’ con independencia de sus verdaderos méritos. Es algo que ha ocurrido, ocurre y seguirá sucediendo en el futuro, aunque el listón parece estar cada vez más bajo. David O. Russell no es Martin Scorsese y con esto queda todo dicho. La gran estafa americana (American Hustle) es una disfrutable película repleta de buenas interpretaciones, con un guion estimable, una buena fotografía, música, ambientación, vestuario, peluquería… Pero le falta alma. Adolece de mala leche y eso, además, le resta credibilidad. Pese a que su prometedor arranque sienta todas las bases necesarias para tener una película redonda, el decepcionante tercio final deja un mal sabor de boca que lastra lo que pudo ser un filme sobresaliente dejándolo en sólo notable. La historia, coescrita por el propio director y Eric Singer, se inspira libremente en una investigación llevada a cabo por el FBI en la década de los 70 y denominada Abscam. El guion es el vehículo perfecto para el lucimiento de un Christian Bale que pide a gritos el Oscar por su composición de Irving Rosenfeld, el verdadero protagonista de esta historia coral en la que también destacan las energéticas interpretaciones de Bradley Cooper (Richie DiMaso) y Jennifer Lawrence (Rosalyn Rosenfeld). Esta última comiéndose la pantalla en cada plano. Distinto es el caso de Amy Adams, quien, inexplicablemente, desaprovecha el bombonazo de papel que se le brinda con una interpretación excesivamente plana apoyada en sus encantos personales.

David O. Russell (The Fighter, El lado bueno de las cosas) reúne a los actores principales de sus dos anteriores películas para protagonizar una historia claramente influenciada por Uno de los nuestros y Casino, de Scorsese y con algún que otro guiño a Lumet, Tarantino y Ford Coppola. Su pericia como director le sirve para atrapar al espectador en el arranque de la cinta, aunque el pulso no se mantiene a lo largo de los 138 minutos de película. No es que le sobre metraje, sino que en el ya referido tercio final, tanto O. Russell como Singer se empeñan en dulcificar una historia de perdedores y timadores que si algo le sobra son finales pretendidamente felices.

El (auto)engaño como modo de vida. El valor de la amistad, el compromiso, la dependencia (emocional y física), la ambición. Elementos simbolizados en cada uno de los personajes que protagonizan la cinta, pero que acaban fagocitados por la impresionante presencia en pantalla de un Christian Bale inmenso (y no sólo en lo físico). Mención aparte merece el cameo de De Niro, que protagoniza uno de los momentos de mayor intensidad de la película y -a la vez- el peor resuelto de todos.

Lo que pudo ser y no fue. O quizá sí lo fue. Ya que haciendo honor a su título, los primeros engañados hemos sido los espectadores que nos creíamos que con un reparto así y todo el potencial que brindaba la historia estaríamos ante un nuevo clásico. Pero que nadie se alarme, la industria se encargará de tapar sus fallos con premios y nominaciones. Actor, director, película, secundarios… Si Hollywood se empeña -y accedemos a ser timados- ésta será la gran triunfadora del año.

Actualizado 16/01/14:

Candidata a 10 Oscar®

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