La entrada

El frío se le metía por la pernera del pantalón y hacía que le castañetearan los dientes. Pero nada le impediría cumplir con su misión. Llevaba más de una hora haciendo cola y al girar la cabeza y ver cómo la fila daba la vuelta a la manzana una sonrisa de satisfacción se le dibujó en la cara. Se frotó las mejillas con las manoplas para tratar de recuperar la sensibilidad en su rostro e inspiró el aire gélido con dificultad. Sólo quedaban veinte minutos para que tuviera en su poder el pasaporte a un mundo de fantasía en cinemascope con la estruendosa compañía del sonido dolby surround. Por su retina habían pasado ya Los siete magníficos, de John Sturges; con un magnífico plantel de actores encabezado por un magnético Steve McQueen. Aunque su preferida de Sturges era La gran evasión, en cuyo reparto repetían McQueen, Bronson y Coburn. También recordaba La leyenda del indomable, con Paul Newman y George Kennedy; las pelis de Bond con Sean Connery, al que recordaba también en Zardoz; una de esas películas que le marcaron en su pubertad. Incluso le tenía cierto cariño a esas historias de serie B de los 80 como Krull o aquella fantasmada titulada en nuestro país Los siete magníficos del espacio. Más serie Z que otra cosa.

Las tardes de los fines de semana eran de sesión doble. Eso sí, siempre que la película de la Sesión de Tarde de la Primera no fuera una de Errol Flynn. Objetivo: Birmania, Murieron con las botas puestas, El halcón del mar… Sin perderse ninguna. Salvo aquella tarde de noviembre en la que ponían El mundo en sus manos, de Raoul Walsh; con Gregory Peck -El hombre de Boston- y Anthony Quinn -El Portugués-y aquel esquimal cazador de focas -Ogeechuk- que sólo decía: “Voy, voy”. Aquel sábado no se veía la tele. No, porque ya no estaba su abuela. Con la que veía todas estas películas y los toros. Y Barrio Sésamo, y…

Hacía tiempo que no recordaba todo esto. Mucho desde que no regresaba a su memoria aquella gélida tarde de invierno. Lo que no recordaba era qué estreno acudía a ver, pero sí que al entrar al cine lo encontró todo cambiado. Ya no quedaba ni rastro de la madera policromada de la entrada. Ni de la rancia barra del bar en el que apenas se servía otra cosa que no fueran cafés, refrescos de cola y barras de Toblerone. El suelo era de mármol y no quedaba ni rastro de la moqueta. Salvo al acceder a la sala, que también era distinta. La pantalla se veía gigante desde la entrada. Caminar por ese pasillo hasta llegar a la butaca daba algo de vértigo con la luz apagada. Claro, porque no podía apartar la vista de la pantalla y el suelo parecía tambalearse a sus pies. Como cuando un joven Indy, encarnado por River Phoenix, saltaba de vagón en vagón hasta caer en la jaula del león y hacerse con el látigo la cicatriz que Harrison Ford luce en la barbilla.

Hoy recordó todo esto, y mucho más que -por vergüenza- calla al leer que esa sala echaba el cierre. Que la pantalla se fundía a negro y aparecía un cartel que decía The End. O sea, fin. Así, sin más. Que se acabó. Y estuvo tentado de cambiar su carta a los Reyes Magos -la escribía cada año- y pedir que no fuera cierto. Pero al recordar todo esto descubrió que no. Que sólo muere aquello que no se recuerda nunca. Y siguió haciendo memoria. Y por su retina volvieron a pasar fotograma a fotograma aquellas tardes de fin de semana. Las noches de sesión continua. las mañanas de Seminci. Los inmortales, Rocky, El último emperador, Gandhi, La chaqueta metálica, El show de Truman, Días extraños, La noche americana, Día de fiesta, El tulipán negro, El rey León, El silencio de los corderos, Drácula, El resplandor, Los goonies, La guerra de las galaxias. Imborrables, aunque borrosas por culpa de las lágrimas. Pero impregnadas en su memoria.

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