De perfil

Le dijeron que no hablara. Pasara lo que pasara. Tampoco le costó mucho trabajo no hacerlo. Él, de por sí, ya era bastante quedo e introvertido. Sobre todo para sus cosas. Era muy celoso de su intimidad, lo cual no había impedido multitud de rumores. La mayoría de ellos malintencionados, lo cual no significaba que fueran falsos o infundados. Pero, qué carallo, su vida era su vida y a nadie le importaba lo que él hacía -o dejaba hacer- en su tiempo libre.

La empresa era joven. Llena de ilusión y poco más. Ni dinero, ni experiencia, ni mucho menos noción alguna de dónde se estaban metiendo. Pero algo había que hacer, se habían dicho, y en eso andaban. Así que cuando les llegó el encargo ni siquiera se plantearon la posibilidad de decir que no. Era la primera llamada en ocho meses, se les había acabado el paro hacía tres y malvivían de sus ahorros. Aunque esto último a nadie le importaba. Nah. Lo realmente importante era aparentar.

“Usted no diga nada, no responda a ninguna pregunta. Nosotros nos encargaremos de evitarle situaciones comprometidas y si por algún motivo se nos presenta algún imprevisto: silencio”. Ésta era la consigna. Dosificar sus apariciones en los medios. Evitar que se asociara su nombre a cualquier asunto que conllevase publicidad negativa y, sobre todo, impedir que hablase. No se podían permitir que ese tipo la cagase una vez más. Además, así evitarían que su (inexistente) trabajo de asesoría se viera comprometido. Ni zappings, ni bromas. Nada. Bien mirado era la estrategia perfecta. Una empresa de comunicación que recetaba silencio sepulcral a sus clientes. La mejor manera de sortear una crisis de reputación.

Lo mejor de todo es que funcionó. La idea fue un éxito. Pronto empezaron a lloverles ofertas de aquí y allá. Los perfiles de sus clientes eran más bien grises. Situaciones delicadas. Personas que no gozaban ni del cariño ni de la simpatía de sus congéneres. Unos por morosos, otros por mentirosos. Daba igual. “El dinero es dinero”, se dijeron para sí. Aunque el dinero fuera poco. Aunque su trabajo (real) fuese aún menos. Todos estaban encantados. Unos porque los medios de comunicación -por fin- se habían olvidado de ellos y otros porque por primera vez desde que se embarcaron en aquella “ilusionante aventura empresarial” los números abandonaban el color rojo.

¿Suficiente para vivir? ¡Qué va! Pero qué más daba eso. Lo importante era aparentar. Sus clientes de perfil mientras ellos hacían todo lo posible por figurar y no perderse ningún sarao. El mundo al revés, sí. Pero volvió a funcionar. Hasta ayer. Ellos lo sabían. Sabían que aquella nota era un error. Que no les llevaba a ninguna parte sacar pecho y alardear de algo así. El asunto era delicado. Además, todo aquello estaba pactado de antemano. ¿Para qué correr? Sí, los nervios. La necesidad de estar otra vez en la cabecera de los telediarios. Con lo bien que les había ido con la estrategia de ponerse de perfil. De huir de las fotos. Ayer fue su último día de trabajo. Ellos tuvieron que pagar el pato. Estaba claro. Bueno, qué se le va a hacer. Con un poco de suerte en un par de años nadie se acordaría de nada y podrían volverlo a intentar. O siempre podrían seguir trabajando en B, o sin cobrar. Pero lo importante era estar.

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