El décimo

«Deme uno que acabe en siete». Cada miércoles se repetía el mismo ritual. Siempre a la misma hora. Puntual a la cita. Detrás del cristal, ella había desarrollado al cabo de los años una extraña habilidad para descubrir cuál era el número favorito del siguiente cliente. El juego comenzó un día por puro divertimento. Por aburrimiento, más bien. Hubo meses en los que por su despacho no pasaba más que el tiempo. Y lo hacía con una lentitud extrema. Un par de bonolotos, dos quinielas y poco más. La vecina cotilla siempre lo pedía en tres. Andrés, el pescadero, en cinco. Sandro, el del quiosco, en seis. Y así uno tras otro. El barrio era una suerte de sucesión de Fibonacci de andar por casa. Salvo Carlitos. El chico mayor de Julia, la pobre. Ése cada semana aparecía pidiendo un número. «Un pálpito», decía su madre, que confiaba ciegamente en él. Como ese presentimiento que comenzó como un juego y que se tornó una apuesta continua. «¿En qué terminación querrá su décimo el siguiente?». Hagan juego. Y ese miércoles el chico lo pidió en siete. Aquella fue la última vez que los vieron por el barrio. A él y a su madre. La pobre. Bueno, ya menos.

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