Dallas Buyers Club

Dallas Buyers ClubEl método. Impersonar. Ser otro. Convencer. Conmover. El sueño de todo actor que se precie se cimienta en adquirir la técnica precisa y después lograr esconderla bajo un invisible manto de cotidianidad. Ésta es la teoría, porque en la práctica los espectadores nos hemos hartado de ver -y padecer- actuaciones ya desmesuradas, ya impostadas, pero siempre cubiertas del pretendido manto. La línea es muy fina. Pero el problema -casi siempre- llega cuando se traspasa. Siempre por exceso, nunca por defecto. Éste es el mayor miedo que, a priori, se vislumbra ante la arriesgada propuesta que el director Jean-Marc Vallée lleva a cabo apoyándose de manera casi exclusiva en la interpretación al límite de Matthew McConaughey. La historia es dura, pero empatizar con su protagonista, el homófobo jinete de rodeo Ron Woodroof, lo es más aún. Por tanto, cuando a mitad del metraje el espectador ya ha hecho suya la causa de Woodroof y la de todos aquellos que dan título a la cinta es de ley otorgarle el mérito que le corresponde al actor texano.  Del mismo modo que lo es agradecer al realizador canadiense su apuesta por aligerar la narración recurriendo a acertadas elipsis, así como su propósito de que el relato histórico en clave de denuncia social prevalezca sobre las tentación de caer en la manida hagiografía que sólo busca hacerse con la dorada estatuilla.

Dejemos claro de antemano que McConaughey se merece el Oscar. Quizá sea más discutible que Jared Leto, su compañero de reparto, también deba recibirlo, pero lo que es incuestionable es que el otrora sex symbol; el pretendido ‘nuevo Paul Newman’; se encuentra en un inusual estado de gracia. De hecho esta película sería impensable sin su presencia. Un personaje construido a partir de los rescoldos del caos y la destrucción, del odio y la revancha, pero que, basado en un peculiar código ético, consigue enganchar al espectador. McConaughey es capaz de domar al toro salvaje que es Woodroof. Drogadicto, seropositivo, homófobo… El manido estereotipo del vaquero de Dallas elevado a la enésima potencia, aunque aquí rebajado gracias tanto a un muy buen trabajo de guion como a la acertada y medida labor actoral. El resto del reparto, de Jennifer Garner a Griffin Dunne, cumple a la perfección sin caer en los recursos fáciles.

Perfecta fotografía social, valiente crítica al negocio de la salud, la cinta desempolva los atávicos comportamientos que surgieron a finales de la década de los 80 en torno a la aparición y propagación del virus del SIDA. La ignorancia, el miedo, los tabúes, el mercadeo, pero también el orgullo, la dignidad y la camaradería. La película huye del artificio y recurre a una fotografía realista, amén del ya reseñado acierto en la edición. Cinta que quizá de no ser por sus nominaciones habría pasado desapercibida entre el aluvión de naderías producidas por y para resultar premiadas. Porque, en ocasiones, hasta la flor más bella crece en mitad del desierto.

Seis candidaturas a los Oscar®

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