Pudo ser un viento de poniente. Quizá la luna, girando en espiral. Tal vez, un remolino cogido de tu pelo, cual horquilla a media tarde. Una puesta de sol desde la azotea. Los tejados de la ciudad sonríen y nos miran. Y yo. Y tú. Nos quisimos de lejos. Al despedirnos en instantes eternos. En las paradas de taxi. Colgados de un puente infinito. Tumbados. Año tras año. Sin pensarlo y sin saber cómo ha pasado. Sin saber cómo, ha pasado. Y seguirá pasando. Cayendo una y otra vez en los mismos aciertos. Aprendiendo a dar saltitos que parecen tropezones, para esquivarlos. Para cometer distintos errores. Pero juntos. Aprendiendo del silencio. Disfrutando de la risa. Poco a poco. Que no hay prisa. Sin principios. Sin finales. Sólo somos dos mitades. Yo, la tuya. Tú, la mía. Como siempre. Más que nunca.

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