Prioridades

Cuando una mariposa bate sus alas en Japón… Bobadas. Cuando una mariposa bate sus alas en Japón, o en cualquier otro lugar del mundo, no ocurre ab-so-lu-ta-men-te nada. ¿No me crees? Pues fíjate bien. Ya pueden morir cientos de personas en una guerra civil en centro Europa, como decenas de inmigrantes a orillas de nuestras costas. Explotar bombas cada día en Kabul, fallecer terroristas suicidas en Palestina o morir de severa hambruna dos de cada tres recién nacidos en el cuerno de África. Nada. A lo largo de estos años hemos desarrollado una suerte de ceguera selectiva colectiva que nos ha hecho inmunes a todas estas realidades. Afrontamos las tragedias diarias como si se tratase de otro elemento de ficción más en nuestro día a día.

Vivimos vidas de mentira. Pasamos más horas preocupados por el zumbido de nuestros dispositivos móviles que por las palabras de quienes nos rodean. Hemos optado por la comunicación silente, eufemismo para obviar lo evidente: ausente. Nuestras preocupaciones de ciudadanos del primer mundo nada tienen que ver con los acontecimientos que llenarán las páginas de los libros de Historia. Si es que alguna vez llega a suceder tal cosa. Leer ya no es una prioridad. Entender, tampoco. A diario nos abrevamos quintales de desinformación que nos mantienen convenientemente aborregados. Inanes, pero contentos. A cada click, a cada gesto. Apartamos la miseria, la muerte, el caos, la desesperanza, con un imperceptible ademán. Un simple acto reflejo sobre nuestra pantalla de retina y a otra cosa.

Hasta que algo nos hace tomar conciencia de nuestra realidad. No, no es una mariposa aleteando en el imperio del sol naciente. Es un fallo del sistema. El juguete que se rompe, al menos momentaneamente. Y surge el click. Somos conscientes de nuestra dependencia. Niños grandes jugando a ser hombres desde el sofá de su casa. O desde el interior de un despacho. Pertrechados tras las persianas entornadas. Somos dioses con pies de barro. Dependientes de un doublecheck. √√

Y cuando todo eso se desmorona, caemos en la cuenta de nuestra miseria. Y corremos a conectarnos a otro juguete. Un capricho tras otro. Ajenos a nuestra condena. Huyendo de las miradas ajenas. Esquivando la verdad. Anteponiendo una nueva pantalla a la realidad.

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