Ella

Como cada mañana atravesó el quicio del portal con paso vivo. Lo de mañana era un decir, porque a las cinco y media de la madrugada… Pero sí, como cada día salió volando de casa en dirección al cruce de la rotonda. Encendió un cigarrillo, el tercero del día ya, mientras hacía tiempo esperando al coche que la recogería de camino al trabajo. Cruzaba las piernas nerviosa mientras alternaba las caladas con el castañetear de dientes. Sus brazos apretados contra su menudo cuerpo trataban de compensar el pírrico abrigo de su chaqueta de doce euros. Taconeó deseando que su transporte llegase ya. Poco o nada le importaba el olor a rancio del interior del vehículo. La idea de sentirse encajada entre otras tres personas en el asiento de atrás la reconfortaba. Al menos entraría en calor de una puñetera vez. Y si no lo conseguía el calor humano del interior del coche, ya se encargaría de ello las próximas seis horas fregando escaleras. De seis a doce tenía cuatro portales a tres euros la hora. Luego un café y otro par de pitillos antes de salir zumbando de camino a su segundo trabajo del día. El fijo discontinuo.

Fijo porque tiene que acudir, sí o sí, cada día. Si no va, no cobra. Y yendo hay días que no tiene tan claro que vaya a llevarse algún euro al cinto. Es cajera en el súper del barrio donde estudian sus hijos -niño y niña-. Sin contrato (ahí tienes lo discontinuo). Dos horas a mediodía, hasta que salen los peques del cole. De ahí, los tres juntos a casa de su madre, donde comen los tres y ella se echa -“cinco minutos”- la siesta en el sofá con la tele puesta. Deja a los peques allí, sale pitando -séptimo cigarrillo del día- de camino al tercer y último curro. De cuatro a nueve. Éste es, en teoría, una media jornada. Aunque si se niega a trabajar esas cinco horas diarias y todas las mañanas de los sábados, no cobra. En total es capaz de apañar al mes 1.350 euros. De ellos, 800 van para la hipoteca. Con el resto, malviven veinte de cada 30 días al mes. Comiendo en casa de su madre, quien además se encarga de llevar a los niños cada mañana al colegio, y sin una alegría para el cuerpo desde… Desde haces tanto que ya ni se acuerda. O no se quiere acordar. ¿Para qué? Si el tabaco no lo remedia antes, sabe que se pasará los próximos cuarenta años de su vida así. Ojalá su madre fuese eterna, piensa. Y se le encoge el pecho y le entran ganas de llorar. Toma aire. Rebusca en el bolsillo de la chaqueta del Primark y enciende otro cigarrillo. Ya van diez. Son las diez y cuarto de la noche cuando llega a casa. Y no tiene nadie a quien desearle buenas noches.

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