La isla mínima

La isla mínimaPocas películas pueden vanagloriarse de ello. Apenas el espectador pone un pie fuera de la sala de proyección las imágenes vuelven a pasar, a fogonazos, por su memoria a corto plazo para conformar un delicioso pastiche emocional que traspasa lo puramente cinematográfico. Alberto Rodríguez consigue con La isla mínima, su último filme, todo esto y mucho más. La película del realizador sevillano está plagada de aciertos. Tanto en el fondo como en la forma. Construido a partir de un sólido y laberíntico guion firmado a dos manos por el propio Rodríguez y Rafael Cobos, este inusitado ejercicio de estilo dentro del cine negro patrio atesora un puñado de motivos que hacen de su visionado poco menos que una obligación para todo aquel cinéfilo que se precie de serlo. Empezando por la secuencia cenital de los títulos de crédito, pasando por la exasperante ambientación, perlada por la fotografía de Alex Catalán (junto a Cobos, colaboradores habituales de Rodríguez), la no menos brillante -de nuevo- banda sonora de Julio de la Rosa, hasta culminar en la inolvidable composición de la pareja protagonista a cargo de Raúl Arévalo (Pedro) y Javier Gutiérrez (Juan). Éste último, merecedor de la Concha de Plata al Mejor Actor en el último Festival de Cine de San Sebastián, donde también se premió la fotografía de Catalán. A buen seguro, estos no serán los únicos galardones que reciba la película. Puro cine negro, pero no sólo eso. La isla mínima también es un acertado retrato de la España tardofranquista. Los vestigios del régimen campando a sus anchas por doquier en la ancestral Andalucía de jornaleros, furtivos, traficantes y señoritos de los primeros años 80. Una realidad que retrató de forma magistral el desaparecido fotógrafo Atín Aya, reconocida fuente de inspiración a la hora de pergeñar el guion de la película.

La irrupción de la antagónica pareja de policías protagonistas en ese ecosistema cerrado, ese coto privado de las miserias humanas -que parece conservarse idéntico casi 40 años después- es el punto de partida de la trama. Su exilio forzoso para investigar la desaparición de dos niñas, las preguntas, el silencio, las miradas, los gestos. Todos los pequeños detalles parecen tornarse decisivos para hilvanar las hebras de un retal descompuesto y ajado. Una barca varada en las marismas del Guadalquivir. Miseria y hambre. Los motivos de la desesperanza para una España en blanco y negro que nos resulta más reconocible cada día. La impecable producción contribuye al viaje en el tiempo. Javier Gutiérrez se basta él solito para comerse plano a plano medio metraje. El resto del disfrute lo aporta el clímax narrativo que descarga en forma de lluvia en la resolución final de la cinta. Con ese escalofriante plano cenital sobre la isla que da título al filme.

En lo actoral, un episódico Antonio de la Torre (Rodrigo, el padre de las niñas) logra huir de la sobreactuación y Jesús Castro (El niño) consigue aportar a la narración algo más que una cara bonita. Por otro lado, sorprende la elección de la gallega Nerea Barros (Rocío, la madre de las desaparecidas) para un papel que en principio se podría pensar destinado a una actriz de mayor edad o con otras características físicas. Sin embargo, después de rumiar la intrahistoria que aquí se nos narra contar con ella parece más un arriesgado acierto que un error. En este capítulo, el de los errores, sobresale -por increíble- la secuencia de presentación de Quini, el personaje que interpreta Jesús Castro, El resto del reparto, al igual que ya sucedió en Grupo 7, la anterior película de Alberto Rodríguez, está plagado de convincentes y poco conocidos actores.

Las referencias patrias a Los santos inocentes, y La caza, la coreana Crónica de un asesino en serie, la primera temporada de la serie de HBO True Detective  e incluso a Se7en, de David Fincher no empañan el resultado final. Al contrario, para cualquier espectador que no haya visto ninguna de las anteriores resultará una enriquecedora experiencia poder adentrarse algo más en estos notables retratos del mal, entendido éste como un elemento más de nuestra existencia. Aceptado, permitido y, en ocasiones, jaleado. Con total impunidad por estas tierras de Dios. Compartiendo mesa y mantel con vírgenes y santos. Aprovechándose de los más débiles, sirviéndose de la desesperación. El mal entendido como algo natural a los ojos de unos y otros. Un mal necesario que en no pocas ocasiones acaba triunfando. Pese a lo que luego digan los diarios.

Premios/Candidaturas:

Premios Goya: 17 nominaciones incluyendo Mejor película.
Festival de San Sebastián: Mejor actor (Gutiérrez) y fotografía.
Premios Feroz: 5 galardones, entre ellos Mejor actor, director y película dramática.

2 comentarios en “La isla mínima

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