Dos días, una noche (Deux jours, une nuit)

Deux jours, une nuit El cine social, combativo, de denuncia, es también el retrato de la dignidad. Simbolizada ésta en una frágil y malherida Marion Cotillard (Sandra), omnipresente heroína protagonista de la última película de los hermanos Dardenne: Deux jours, une nuit (Dos días, una noche). Una cinta con la que se abre la Sección Oficial a concurso de la 59ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladoilid (Seminci) y que, al tiempo, se convierte en la más firme candidata a hacerse con los máximos galardones tanto a la dirección como al guion y a la interpretación femenina protagonista. El desgarrado relato de los efectos que la crisis provoca en los habitantes de la localidad industrial belga de Seraign le sirve a los cineastas como devastador reflejo de todo lo que se ha llevado por delante a lo largo de los últimos años la precarización. Y no sólo en lo laboral.  Porque aunque la aparente premisa que presenta la película a los ojos del espectador es resolver la diatriba que afecta a un grupo de trabajadores de una empresa de paneles solares que deberán decidir si aceptan renunciar a una paga extra de mil euros a cambio de que se readmita a un trabajador, el doloroso trasfondo es otro. Es el miedo como moneda de cambio. El chantaje como práctica común y corriente. Y es, en último término, la manera de hacerlo frente. Ese ponerle precio a la dignidad, ese camino que Sandra (magnífica, una vez más, Marion Cotillard) emprende para recuperar la confianza -propia y ajena- y, de paso, el empleo nos descubre una realidad tan aterradora como cotidiana. Una incómoda verdad que en ocasiones nos hace apartar la mirada y revolvernos en nuestra butaca al reconocernos en las reacciones tanto suyas como de sus jefes y compañeros.

Ésta es la mayor virtud de la cinta. El inteligente guion de los hermanos Dardenne utiliza el tour de force vital e interpretativo de su protagonista para mostrarnos los afilados vértices de la puntiaguda y poliédrica realidad en que vivimos. Un viaje en el que le acompañará su marido, Manu (Fabrizio Rongione, actor fetiche de la pareja belga), y en el que iremos conociendo uno a uno a sus compañeros de trabajo. La soledad, el abandono, la despersonalización de las relaciones personales, la egoísta juventud sabelotodo, la violencia gratuita -y tolerada-, la envidia. Sandra se embarca en un homérico periplo para salvar su empleo que termina por reconciliarla consigo misma. Apoyada por la descarnada visión que aporta la cámara en mano y la luminosa fotografía de Alain Marcoen, que dulcifica el tono pesimista que impregna todo el metraje desde su inicio.

Pero la película también es el reflejo de la esperanza. La empatía que genera el retrato de la fragilidad provocada por la enfermedad, la dependencia de los ansiolíticos, el miedo a romperse una vez más. La necesidad de reencontrarse como la única manera de curarse, de volver a estar bien. Y los principios. Ese retrato de la dignidad que vertebra tanto la película como una forma de hacer cine. De devolverlo a la vanguardia y alejarlo del discurso panfletario. Con una sobriedad narrativa que confía en el talento: fílmico e interpretativo. Esa confianza recuperada, esa tan necesaria humanización del cine, alejado de ampulosas puestas en escena y efectos especiales, discurre en paralelo con todo lo que se nos muestra a lo largo de los dos días y una noche que le dan título. Un canto de esperanza y de rabia. Una liberación mayor que la que se obtiene al desgañitarse cantando al volante de vuelta a casa. Se tenga o no trabajo.

2 comentarios en “Dos días, una noche (Deux jours, une nuit)

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