Interstellar

InterstellarSi no somos capaces de controlar nuestro propio universo particular, cómo vamos a conquistar el cosmos. Interstellar, la última obra maestra de Christopher Nolan, aborda ésta y otras cuestiones de mayor envergadura en una compleja epopeya espacial que en realidad envuelve una sencilla y tierna historia de amor. La importancia de cumplir nuestras promesas. De ser fieles a nosotros mismos. Huir de los cantos de sirena y aferrarnos al momento. A todo aquello que nos hace ser mejores personas. A lo que nos mantiene a salvo del miedo. Vigilado en la oscura inmensidad de la noche por el lejano resplandor de las estrellas, el hombre ha tratado de explicarse a lo largo de los siglos. Esa búsqueda nos ha llevado a viajar a la luna e incluso a pretender colonizar otros mundos. Todo ello desoyendo las señalas de alarma que nos ha estado mandado este planeta que habitamos a lo largo de los siglos. Habituados como ya estamos a la obsolescencia programada de todo en la vida, hasta de la vida misma, hemos ignorado sistemáticamente esas alertas y acabaremos por pagar las consecuencias. Las simples premisas sobre las que los hermanos Nolan edifican la inmensa obra de ingeniería narrativa que supone el guion de Interstellar  se enmarañan por mor de la física cuántica en el segundo acto de ésta su obra más ambiciosa y redonda. Por suerte, los hermanos cuentan con la colaboración del prestigioso físico Kip Thorne, para hacer entendibles (con la única ayuda de un bolígrafo y un trozo de papel) conceptos como los agujeros de gusano o las paradojas espacio-temporales asociadas a la teoría de la relatividad. Sin embargo, el mayor logro de la cinta está en la pericia del lenguaje fílmico que demuestran los Nolan una vez más. La solvencia con la que afrontan una obra de esta magnitud logrando mantener la atención y la tensión a lo largo de los 169 minutos de metraje. Sin que nada sobre, atando todos los cabos y rindiendo, de paso, cumplido homenaje a los clásicos del género. Innegable referencia visual en multitud de momentos que recuerdan a 2001 una odisea en el espacio y Encuentros en la tercera fase, por citar sólo un par de los más reconocibles.

Nolan, además, marca un nuevo hito en las elipsis fílmicas. Si Kubrick fue capaz de resumir en dos planos encadenados decenas de miles de años de evolución; ahora Nolan nos sitúa detrás de los ojos de aquellos homínidos que dibujaron formas caprichosas en la arena mientras contemplaban las estrellas. De la génesis de lo que conocemos ahora como las constelaciones a soñar con la conquista de lejanos mundos para desgarrarnos ante la visión de otros ojos, los de Cooper (Matthew McConaughey), al comprender el verdadero significado de su sacrificio y el del resto de tripulantes que lo acompañan en su peregrinación espacio-temporal.

Ciencia y tecnología al servicio del ser humano para tratar de recuperar su lugar en el mundo. En otros mundos. Pero sin olvidar la verdadera naturaleza humana. Cuestiones filosóficas que tiñen irremisiblemente las decisiones que unos y otros, protagonistas y antagonistas de esta historia, toman y configuran nuevos escenarios; otras realidades que se entremezclan en el continuo espacio-tiempo pero que en el fondo son verdades inmutables que se han ido perpetuando desde la antigua Grecia. Y de nuevo nos encontramos con nuestros antepasados mirando a las estrellas. El resentimiento, la culpa. Pero también el amor y la esperanza. Resulta curioso encontrar no pocas semejanzas entre esta Interstellar, de Nolan y Boyhood, de Linklater. La importancia del tiempo, sobre todo del tiempo perdido, y de la familia. Los lazos invisibles que nos unen a los nuestros más allá del tiempo y el espacio. La importancia de ser fiel a unos ideales, el saber decir que sí, pero -sobre todo- decir que no. Asuntos que atormentan al hombre del siglo XXI para el que todo debe consumirse deprisa, devorado, y a otra cosa. Sin tiempo para nada más. Y los hijos de pronto se convierten en unos desconocidos adolescentes con acné y se nos echan 20 años encima. O 120.

Magistral el dominio del pulso narrativo, la capacidad de mantener la tensión, de plagar la historia de inesperados giros que salpican el descorazonar, pero a la vez vitalista, discurso que proponen los hermanos Nolan y con el que realizan un lúcido retrato de la contradictoria naturaleza humana. Capaz de alumbrar los más bajos instintos y las más altas pasiones. A destacar el inmejorable reparto, en el que los realizadores vuelven a echar mano de sus actores fetiche, trufado con alguna que otra inesperada sorpresa. Como también es un acierto decidir, en los últimos cinco minutos de película, atar todos los posibles cabos sueltos. Evitar las posibles interpretaciones que volverían a tratar de dar al traste [ya ocurrió con Origen (Inception)] con una historia redonda. Podrá gustar más, menos o no hacerlo, pero lo que es innegable es que todas las piezas encajan en este monstruoso puzzle galáctico del que más allá de sus impresionantes localizaciones o los cuidados efectos especiales destacan las interpretaciones del ya mencionado reparto ‘estelar’. McConaughey sigue en estado de gracia, Anne Hathaway cumple a la perfección con un papel nada sencillo a priori, y Jessica Chastain logra mantener el pulso a todo un Michael Caine que siempre está correcto (aunque éste no sea, ni mucho menos, su mejor papel).

La orquestación de Hans Zimmer para esta banda sonora es simplemente magnífica. El acertado uso del órgano en determinadas partes de la película se erige en el complemento perfecto a las imágenes y en determinados momentos puntuales es imposible disociar lo que se ve de lo que se escucha. El salto diferencial que Vangelis logró dar con su banda sonora para Blade Runner 30 años atrás tiene su parangón en este trabajo de Zimmer rayano en lo genial y con indisimulados ecos al mejor Philip Glass.

Y una reflexión final que subyace tras su visionado. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es tanto si estamos solos en el universo, sino si lo estamos en nuestras vidas.

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.

Un comentario en “Interstellar

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