Corazones de acero (Fury)

Corazones de aceroFury es un tanque. Aunque en realidad es tan solo el vehículo de lucimiento de un Brad Pitt deseoso de que la Academia premie su buen hacer ante las cámaras con una nominación al Mejor Actor y la subsiguiente estatuilla dorada. Y puede que esta vez lo consiga. Su interpretación como el sargento Wardaddy es de ésas que tanto gustan a los antediluvianos votantes. Como también lo es el guion de David Ayer (irónico apellido). Lo que en esta película se nos cuenta es tan solo un intento de recreación de un episodio más de la II Guerra Mundial. En los estertores de la campaña, ya en territorio germano, una compañía de tanques norteamericana debe frenar el desesperado avance de los krauts; conscientes de su derrota, pero remisos a permitir que sus tierras caigan en manos aliadas. Ayer repite como guionista la fórmula que ya le funcionó con Training Day (2001) -sólo que ahora es el joven Logan Lerman el novato, en lugar de Ethan Hawke- salvo que en esta ocasión naufraga entre tópicos y personajes de cartón piedra. Cada uno de los cinco ocupantes del tanque protagonista de la historia es un estereotipo andante. También lo es el argumento. Convencional y previsible hasta el final. Sólo se salva la acertada planificación de un par de secuencias bélicas, en particular la muy celebrada recreación de un combate ‘cuerpo a cuerpo’ entre un tanque Sherman y un Panzer VI Tiger (pieza de museo al tratarse del último operativo que se conserva).

La apuesta como director de Ayer en esta película es clara: lucimiento de la estrella principal -y, a la sazón, productor ejecutivo-; drama patrótico antibelicista; banda sonora lacrimógena; montaje abusando de los primeros planos y la cámara lenta; y fotografía sobria y descarnada para dotar de mayor verismo a la historia. Lo estético funciona, pero lo narrativo naufraga. A los 134 minutos de flim le sobran ampliamente 40. La presentación y descripción de los cinco personajes protagonistas es de brocha gorda. Junto a Pitt sólo el muy cuestionado Shia LaBeouf se salva. Aunque durante muchos minutos cueste decidir si su sufrida expresión responde a su capacidad actoral o a vivir en una resaca continua. Por lo demás, todo lo que aquí se nos cuenta son territorios archiconocidos para el cinéfilo. El acertado montaje de las claustrofóbicas secuencias dentro del tanque logra imprimir algo más de enjundia a una historia que ya desde su arranque se nos presenta como un híbrido entre Platoon y La delgada línea roja. Sin embargo, la lírica de Malick se estampa aquí con un discurso mesiánico alimentado por los delirantes diálogos entre Biblia (LaBeouf) y Wardaddy (Pitt). La casquería y el abuso de las imágenes presuntamente impactantes tampoco ayudan a dotar de mayor verismo a un relato plano, que termina varado en la encrucijada moral que lo sustenta. La Historia se escribe sobre las cenizas de la muerte y la destrucción. La violencia es causa y solución del problema. El mismo ser humano capaz de alcanzar las más altas cotas artísticas es el animal que tolera y alienta el rapto, el estupro, el pillaje…

Repleta de innecesarios subrayados y con un arriesgado planteamiento -más propio de Star Wars– para hacer visualmente más atractivas las secuencias bélicas, Fury (me niego a utilizar el desastroso título en castellano) se convierte en un fastidioso quiero y no puedo. Había mimbres para haber conseguido una cinta redonda en lugar de un inverosímil alegato antibelicista que se enfanga y se queda varado a mitad de camino de casi todo.

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