Big Eyes

Big EyesEl término metalenguaje se acuñó en lingüística para aludir al lenguaje que habla del propio lenguaje. Big Eyes, la vigésimo tercera película como realizador de Tim Burton, es un fraude. Lo es en sentido literal, por la historia -basada en hechos reales, como se nos anticipa al inicio del film- que en ella se nos cuenta y lo es también en sentido literal, como película. Pese a contar con suficientes elementos interesantes que podrían haber hecho de ésta una gran cinta, el resultado final es decepcionante. No sólo para los seguidores del director californiano, sino para cualquier espectador de más de seis años. Pero vayamos por partes. Dejemos de lado los altibajos que la prolífica carrera como director de alguien que ha rodado, entre largos y cortometrajes, una treintena de películas suele tener. En esta ocasión estamos ante un producto que sólo merece definirse como un profundo desatino. El guion es plano; la realización, inexistente; la banda sonora, flojísima; las interpretaciones, carentes de toda credibilidad. Si sumamos todo lo anterior tenemos un desastre fílmico de 106 minutos de duración que incluso resultan excesivos para la historia que se nos narra. Y lo peor de todo es que ninguna de las partes implicadas parece querer hacer nada por remediarlo y, lejos de ello, se complace en formar parte de esta farsa de película que, a su vez, y aquí es donde entra en juego la alusión inicial al metalenguaje, trata de recrear los acontecimientos históricos que involucraron a la familia Keane y sus cuadros kitsch denominados popularmente ‘Big Eyes’ en una serie de polémicas en torno a la autoría de las pinturas que llegó hasta los tribunales. Es decir, un fraude para explicar un fraude.

Elementos, todos ellos, que daban pie a una historia de mucha mayor enjundia. Una suerte de thriller psicológico en el que se podrían contraponer las personalidades de la pareja protagonista, la dominación a la que Walter sometía a su esposa y cómo las ansias de protagonismo de éste la hicieron desaparecer ante la opinión pública y recluirse en su casa llegando incluso a permitir que su esposo se llevase todo el crédito de la autoría de sus obras. Esa frustración, el engaño, el abandono, reflejado en los grandes ojos tristes de los niños protagonistas de sus pinturas… Pero no. Ni un ápice de lo anterior se puede encontrar en un solo minuto de metraje de Big Eyes. El guion, coescrito por Scott Alexander y Larry Karaszewski, responsables (entre otras) de Ed Wood y Man on the Moon, parece sacado de la biografía de Margaret Keane que aparece en Wikipedia. El sello personal de Burton, con títulos tan carismáticos a sus espaldas como Bitelchús, Eduardo Manostijeras, Ed Wood y Big FIsh, brilla por su ausencia. Únicamente, y transcurrida la primera hora, asistimos a un breve fogonazo, aunque totalmente predecible, en la secuencia del supermercado. Danny Elfman, habitual cómplice de Burton en la banda sonora, presenta aquí un producto muy flojo, convencional y que no aporta nada a la película. Más allá de sonar con insistencia en la inmensa mayoría de los planos tratando de rellenar un vacío que no es sólo el de los diálogos. Tal es el nivel que el espectador incluso agradece la irrupción en un momento dado del tema principal, interpretado por Lana del Rey, cuya letra no hace más que reforzar la única idea que a todos, excepto a Maggie (Amy Adams) nos ha quedado clara desde un primer momento. Walter Keane (Christoph Waltz) es un cínico, como -literalmente- ella misma descubrirá en el tercio final de la película. Ambos, tanto Waltz como Adams naufragan en sus respectivas interpretaciones. El austriaco abusa del histrionismo y no para de gesticular, como si estuviera actuando en una película de cine mudo. Adams, en cambio, se muestra perdida en cada plano. Impostando todas sus emociones y sin llegar a transmitir nada que logre empatizar con el espectador, que asiste completamente desubicado a una historia que comienza como un drama de posguerra, continúa como una comedia romántica, para girar de nuevo al drama surrealista y terminar con una inenarrable puesta en escena judicial que ruborizaría al mismísimo John Grisham.

El naufragio de Burton es tal que uno sería incapaz de atribuirle la autoría de este pastiche carente de alma en una hipotética retrospectiva a su filmografía. Quizá rascando hasta podría aparecer el nombre de otro autor y no el suyo… Premonitoria desde las imágenes de los títulos de crédito, en los que una plancha de imprenta reproduce una y mil copias del retrato infantil que ilustra el cartel promocional de la cinta. Con Big Eyes asistimos a la confirmación del declive de un talento que revolucionó el cine hollywoodiense, cuyo apellido era marchamo de calidad y desbordante originalidad. Un apellido que, como en el caso de los Keane, seguirá reportándole pingües beneficios. Y si no me creen sólo tienen que ver cuáles son sus próximos proyectos: Alicia a través del espejo y la segunda parte de Bitelchús.

Premios/Candidaturas: Globos de Oro: 3 nominaciones, Actor Comedia (Christoph Waltz), Actriz Comedia (Amy Adams), Canción (Lana del Rey). Independent Spirit Awards: Nominada a Mejor guión. Critics Choice Awards: Nominada a Mejor canción Big Eyes.

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