Bestias sin patria (Beasts of No Nation)

Beasts of No NationIncómoda y, a la par, necesaria. Beasts of No Nation, la mirada que el realizador californiano Cary Joji Fukunaga propone sobre el conflicto bélico que padece desde hace décadas el continente africano, estremece. Esta cruenta adaptación de la novela homónima de Uzodinma Iweala posee más tintes de pesadilla moderna que de retrato fidedigno. Presentada con éxito en diversos festivales (Venecia, Toronto, Londres), la película nos muestra la peripecia vital de Agu (Abraham Attah), uno de tantos niños de la guerra transmutado en esta fábula del horror en protagonista involuntario y funesto reverso de aquellos niños perdidos que habitaban el país de Nunca Jamás. La sobrecogedora interpretación del joven actor ghanés, a través de cuyos ojos asistimos a la espiral de violencia sinsentido que asuela el continente negro, le convierte en la más grata sorpresa para el espectador dentro del devastador discurso imperante en la cinta. No quiere esto decir que la presencia de Idris Elba en el reparto sea un asunto menor, ni mucho menos. Su memorable composición del comandante que ejerce al tiempo de Garfio y Pan para los imberbes guerrilleros (entre los que también destaca otro niño, de nombre Strika) es uno de los bastiones sobre los que se sustenta esta descarnada radiografía de una realidad invisible a nuestros acomodadas pupilas.

Quizá sea ese bofetón de realidad lo que hace más necesario el visionado de esta cinta, más allá del hype que rodea a su aclamado director, quien aquí ejerce además de guionista y director de fotografía en un circense triple salto mortal. Porque la película, avanzadilla de una nueva apuesta de la cadena Netflix, es un cúmulo de aciertos. Molesta, desasosegante, tensa, en su primera parte; durante la cual se fragua la catástrofe diaria que viven millones de personas ante nuestra absoluta indiferencia, pero que en esta ocasión nos vemos obligados a mirar. La fuerza del relato es tal que resulta imposible apartar la vista. La inteligencia del realizador le permite diseminar sutiles pinceladas poéticas a lo largo de la narración fílmica e intercalarlas con otras devastadoras elipsis que se depositan en nuestra memoria y cobran aún mayor importancia con el tiempo y la necesaria reflexión ante lo visto. Porque lo que aquí se nos muestra no es tan solo un artefacto destinado a centrifugar conciencias.

Por desgracia, el excesivo metraje —137 minutos, nada menos— lastra gran parte de los méritos que posee la película en su fantástica primera mitad. Tras una primera hora repleta de tensión y rodada con una deslumbrante maestría, Fukunaga se enfanga en el segundo tramo tratando de abarcar demasiados campos. A su impecable retrato de la pérdida de la inocencia le suceden otros muchos en paralelo a los que el vapuleado espectador es incapaz de llegar en un primer visionado. Zarandeados por el naufragio vital del escuadrón de niños soldado, apenas podemos intuir el complejo puzzle que se ordena tras las miles de bajas que estos conflictos dejan a diario en el mal llamado Tercer Mundo. La inacción de los organismos internacionales, las ansias de poder y riqueza, la corrupción, la desgana y el desinterés del Primer Mundo. Pero también la ignorancia y la superchería de la que se aprovechan todos esos señores de la guerra —como el magnético y a la vez despreciable personaje que Elba borda— para transformar a unos niños en monstruos. Bestias.

Fukunaga consigue gracias al acertado uso de la banda sonora y a una muy correcta fotografía plasmar esa mutación a lo largo de la película. También ayuda el sobresaliente casting, más allá de los dos pesos pesados dentro de la historia (Elba y Attah). Un reparto plagado de desconocidos intérpretes que logran conectar con el espectador y gracias a los cuales tal vez dejemos de ser inmunes a sus desgracias. Desconozco si este es el fin último de la cinta: removernos por dentro, pero lo que es innegable es que una vez vista no deja indiferente a nadie.

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