La juventud (Youth)

YouthAtraídos cual polillas por el fulgor de su anterior película, La gran belleza, resultaba imposible dejar pasar La juventud (Youth). Y tal afirmación no se trata solo de una forma poética de comenzar esta reseña. El cine de Paolo Sorrentino ha dado un giro, eso es innegable. Desconocido para el gran público durante más de una década, no fue hasta 2011 —cuando Sean Penn se prestó a travestirse de Robert Smith en la irregular Un lugar donde quedarse— que su nombre empezó a sonar con más fuerza en los círculos cinematográficos. La soberbia, y excesiva, La gran belleza lo encumbró y al rebufo de ella surge esta cinta, La juventud. Una historia en apariencia menor que cuenta con un magnífico reparto internacional encabezado por dos pesos pesados como Michael Caine y Harvey Keitel. Una película que habla de la vida y la amistad —¡nada menos!— y que para hacerlo quizá comete el error de tomarse a sí misma demasiado en serio. Construida a partir de una anécdota e integrada por pequeñas historias —del marxismo al nazismo, pasando por el fútbol— que rodean las tribulaciones del compositor retirado que interpreta Caine, La juventud es mucho más que un brillante ejercicio de estilo. Evocadores planos, sugerentes secuencias que acompañan la banda sonora compuesta por David Lang, un brillante diseño de producción. Sí, todo esto es cierto, pero la película carecería de todo interés sin Michael Caine en el reparto. Él es el motor de todo cuanto ocurre en este balneario alpino que por momentos se nos muestra como una copia desteñida del Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson.

Todo gira en torno al rocambolesco encargo que el maestro Fred Ballinger (Michael Caine) se niega a aceptar en la secuencia inicial y tras habernos tragado ese anzuelo, el resto del filme es una sucesión de excusas —fílmicas y textuales— que terminan por precipitar el operístico final. La relación de amistad de Ballinger con el cineasta Mick Boyle (Keitel) a los largo de los años y el conflicto paterno-filial que mantiene con Lena (espléndida Rachel Weisz) son los dos principales puntos de interés que hacen avanzar esta historia de neosurrealismo mágico. La excéntrica galería de personajes (y sobre todos ellos, Paul Dano) que conviven en el resort suizo ejercen un ambivalente influjo sobre el espectador. Por momentos parece como si los personajes tratasen de transmitir enseñanzas extraídas al azar de la bibliografía de Paulo Coelho y en otros instantes sus verdades son capaces de dejarnos sin palabras.

Son estas imperfecciones, quizá no buscadas, las que otorgan a la película cierto encanto. Más allá de los desgarradores relatos que —sugeridos o mostrados— se abren ante nosotros, la cinta consigue trascender los lugares comunes del realizador napolitano. Chirrían, sin embargo, algunas licencias que parecen autoimpuestas para epatar y terminan por alejar al espectador de la acción (como la presencia de los músicos Mark Kozelek y Paloma Faith). Impecables tanto la fotografía de Luca Bigazzi como el montaje de Cristiano Travaglioli. Dos aspectos técnicos remarcables que por sí solos ya justifican el visionado del filme.

La cinta, de momento sin fecha de estreno en España, está dedicada al cineasta Francesco Rosi, fallecido a principios de 2015 a los 92 años.

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