Mistress America

Mistress AmericaNoah Baumbach ostenta ya por méritos propios el título de cineasta de la Gran Manzana por antonomasia en este siglo XXI. Si en su anterior cinta, Mientras seamos jóvenes, el realizador reflexionaba acerca de la deriva existencial del matrimonio de viejóvenes encarnado por Naomi Watts y Ben Stiller, en Mistress America es su pareja, la actriz y guionista Greta Gerwig, quien nos muestra la otra cara de la moneda. Relato neoyorquino con tintes cool que apuesta sin ambages por desmenuzar los tópicos que rigen las vacías vidas de tardoadolescentes y treintañeros en busca de su lugar en el mundo, Mistress America es otro de esos retratos de la desnortada sociedad capitalista actual. Apariencias, necesidad de pertenencia a grupos sociales, reafirmación personal y profesional, traumas, cuentas pendientes, quimeras. Todo ello se entremezcla en esta historia femenina, pero universal. La mayor baza de la cinta es, sin lugar a dudas, su pareja protagonista, formada por la ya citada Gerwig (Brooke) y la magnética —y verdadero epicentro de la historia— Lola Kirke (Tracy). Ambas jóvenes simbolizan a toda una generación maltrecha, incapaz de encajar en ningún sitio y con la permanente sensación de estar llegando tarde. o quizá demasiado pronto, a una fiesta a la que ni siquiera han sido invitadas.

La sombra de la traición y el plagio está de nuevo presente en el cine de Baumbach, demasiado preocupado en ocasiones por reivindicar la originalidad y todo ese talento malgastado en herramientas tan fútiles como las redes sociales. La despersonalización de las relaciones humanas, las familias desestructuradas y esa cada vez más preocupante alienación del individuo abandonado a su suerte y entregado a una procrastinación constante, que Brooke encarna a la perfección, contrasta con la claridad y honestidad con que Tracy —pese a su juventud, o quizá gracias a ella— afronta su sueño: ser escritora. Con innegables influencias de la nouvelle vague y el cine de Woody Allen —vidente incluido—la película se mueve a medio camino entre la comedia inteligente y el retrato social afectado y repleto de clichés que simbolizan la vacua modernidad. Funciona mejor la primera parte que su atropellado y previsible final, repleto de subrayados y concesiones al espectador. Acertada en su planteamiento de disfrutar mucho más del viaje que de alcanzar pronto su destino, como le ocurre a algunos de sus personajes, la película cuenta con el ya tradicional cameo del músico Dean Wareham (Harold), quien asimismo se encarga junto a su pareja, Britta Phillips, de la decadente banda sonora.

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