El despertar de la Fuerza (Star Wars VII: The Force Awakens)

The Force AwakensYa desde sus icónicos créditos iniciales, El despertar de la Fuerza (Star Wars VII: The Force Awakens) es una descarga de adrenalina sólo apta para iniciados. Poderosa reconstrucción de los universos fantásticos que dominaron la gran pantalla a finales del siglo pasado, este séptimo episodio debe verse más como una reverencial puesta al día que como el inicio de una rupturista trilogía. Pese a serlo. Sin embargo, para poder derribar puentes primero hay que tenderlos. Y eso es lo que J.J. Abrams en compañía de los guionistas Lawrence Kasdan y Michael Arndt ha sido capaz de hacer. Una película que en su conjunto es un homenaje fílmico a sus maestros (Lucas y, sobre todo, Spielberg) repleto de guiños que harán las delicias de unos e irritarán a otros. Como debe ser. Si se desliga esta película de sus predecesoras hay que reconocer el innegable mérito de Abrams y los suyos para componer una historia repleta de personajes y acción que en ningún momento se enfanga y cuya realización mantiene el brío sin apenas descanso a lo largo de 135 minutos. Merced a un montaje trepidante, pero alejado del efectismo videoclipero, y a la acertada banda sonora; enésima reinvención de John Williams de una partitura cuyos recovecos orquestales aún encierran agradables sorpresas. Emparentada —en más de un sentido— con sus predecesoras, la película hace honor a su título y sirve a la perfección su propósito: despertar el interés del público por la Fuerza, toda esa imaginería samurái y artúrica rodada con tintes fordianos. Abrams cambia ahora el western a lo John Ford por el Indiana Jones de Lucas y Spielberg —y Kasdan, muy importante— diseminando el protagonismo del cuarteto primigenio entre otros tantos nuevos (y en muchos casos desconocidos) rostros que serán los responsables de llevar a la saga hasta los albores de una nueva era. Al menos, y tal como ya está sucediendo, en lo económico.

The Force AwakensUngido por el propio Steven Spielberg ante los ojos de George Lucas, Abrams recoge (en forma de sable láser) el testigo de una saga mancillada por su propio creador en tres prescindibles e infantiloides precuelas. Dotado de un pulso notable para las secuencias de acción, el nuevo niño prodigio del cine yanqui demuestra ser también muy hábil en la forma de presentar y rodar esta nueva/vieja entrega. Guiños constantes, inteligentes pinceladas de humor, acción desbordante y la inevitable dosis de melancolía que atrapa al espectador, sea cual sea su edad. Esta es la magia del cine. Magníficamente capturada por Abrams en esta secuela que, pese a lo que muchos puedan pensar, sí arriesga en su planteamiento explorando nuevos territorios a la hora de otorgar un mayor protagonismo a unos personajes en detrimento de otros. Lo que hubiera sido impensable hace 40 años: una película de acción con una heroína protagonista como piedra angular sobre la que descansa el futuro de la saga. Poder derribar estos estereotipos en una película marcada por el siempre sensiblero sello Disney y expandir la paleta racial para que sea la historia la que avance a través de los personajes y no al revés es otro de los logros de esta cinta que, en una última jugada maestra de su director, recurre —literalmente— al cliffhanger que tanto dio que hablar en su etapa como responsable de otro de los mayores —y polémicos—éxitos mediáticos del nuevo siglo: la serie de televisión Lost.

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