Julieta

JulietaEl dolor, la culpa y la pérdida. ‘Destino’, ‘Pronto’ y ‘Silencio’. Tres relatos surgidos de la pluma de la Premio Nobel canadiense Alice Munro adaptados por el realizador Pedro Almodóvar bajo el título de su personaje protagonista: Julieta. Una historia que en un principio iba a tomar su nombre de uno de los relatos originales (Silencio) de Munro y que tuvo que cambiarse para no coincidir con el de una película de Martin Scorsese así titulada y prevista para estrenarse también en 2016. La referencia literaria no es gratuita ya que esta es quizá la película menos Almodóvar de toda la filmografía del manchego. Bien es cierto que Madrid sigue teniendo un peso decisivo en la historia. Que sigue habiendo hueco para los habituales cameos de su troupe, su hermano Agustín incluido, y que una vez más se trata de una historia de mujeres protagonizada por mujeres. Una, en concreto. Julieta es Emma Suárez. Sin la actriz madrileña no habría película. O, dicho de otro modo: no existiría esta película. Habría sido otra, distinta. Por completo. Suárez es capaz de componer un personaje roto y atormentado, haciéndolo creíble a los ojos del espectador. Doble mérito cuando nos encontramos ante una película muy irregular; con grandes aciertos, pero también con otras decisiones mucho más cuestionables. Entre los aciertos, junto a la ya reseñada Suárez, está la inclusión en el reparto de Rossy de Palma (Marian), Darío Grandinetti (Lorenzo) y Joaquín Notario (Samuel, padre de Julieta). Del mismo modo que lo es —y justifica pagar el precio de la entrada— el recurso fílmico que sirve para que las dos actrices protagonistas (Emma Suárez y Adriana Ugarte) se pasen el testigo en pantalla. Almodóvar se aleja de sí mismo del mismo modo en que Julieta se desconecta del mundo. De su mundo. Emma Suárez retrata de forma espléndida y sutil a esa mujer que ya lo ha perdido todo y transita por la vida con una maleta vacía.

Por desgracia, no se puede contabilizar dentro de los aciertos la inclusión en el casting de Adriana Ugarte. El rostro de la pérdida, la negación y el silencio no puede sino encallar ante la belleza de sus facciones y la dispersión de sus reacciones en pantalla. Aunque puede que la culpa no sea del todo suya. Tal vez las distintas partes en que se divide el fragmentado guion estén prendidas con alfileres y resulte en ocasiones chocante y otras sonrojante ese salto continuo —primero en tren, luego en autocar— de un extremo a otro del país. De la alegría a la pena, de la determinación a la desidia. O esas inexplicables decisiones que en determinados momentos toman —por acción u omisión— los personajes. Rechinan asimismo detalles como que ninguno de los habitantes de un remoto pueblo gallego hable con el más mínimo acento o que un marinero remiende el sedal de una nasa con manos de pianista. Sea como fuere, que el espectador le reclame más consistencia argumental a todo un enfant terrible como Almodóvar —20 películas después— constata el acierto del manchego a la hora de renegar de sus clichés y virar hacia el drama descarnado con tintes hitchcockianos. Se agradece, por contra, el detalle en la ambientación. Esas lozas de Sargadelos, las marinas de Seoane, las localizaciones en la Costa da Morte, Duras, Lesky, Lucien Freud, Antonio López, las esculturas de Miquel Navarro, el batín estampado de Klimt… Elementos que hablan por encima de los silencios. Como esas cajas de mudanza rotuladas con un explícito «frágil» en su costado.

Almodóvar apuesta por las elipsis y los flashbacks a la hora de narrar su historia e incluye una onírica referencia dentro del simbólico viaje iniciático que emprende nuestra protagonista. Un periplo que cuenta, de nuevo, con banda sonora de un Alberto Iglesias menos inspirado que en anteriores ocasiones y en el que se estrena Jean-Claude Larrieu como muy solvente y luminoso director de fotografía. Una travesía de 30 años en los que Julieta es hija, madre, esposa y siempre mujer. Dueña de una existencia zarandeada como un barco a la deriva, que embarranca en una soledad buscada en compañía, pero no elegida. Con Lorenzo como esa promesa de una vejez compartida, ese sol que la observa a lo lejos y se convierte en nuestros curiosos y compasivos ojos. Todo orbita en torno a ella. El resto de personajes femeninos son meros satélites que apenas salpican. Hasta ese descarnado final. La constatación de que cuando el vacío llena una vida, esta carece de sentido. Entonces, Almodóvar nos recuerda que estamos ante una de sus películas y suena Chavela para subrayar ese silencio:

«No te vayas, no quiero que te vayas, 
porque si tu te vas, 
en ese mismo instante
muero yo».

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