El libro de la selva (The Jungle Book)

The Jungle BookQuizá el mundo del cine recuerde 2016 como el año en el que se estrenó una producción en la que los verdaderos protagonistas fueron un tigre, un oso y una pantera que hablan. La animación digital al servicio de una historia clásica en la que el único actor de carne y hueso es un niño de doce años llamado Neel Sethi (Mowgli). Rodada en pleno centro de Los Ángeles, como se encarga de recalcar la última línea de los títulos de crédito, esta revisión de ‘El libro de la selva’, el clásico de Rudyard Kipling, es capaz de recrear tanto la jungla literaria como todos los animales que la pueblan gracias a una ingente labor de postproducción digital. Desde el travelling inicial, nada —salvo el niño salvaje protagonista y algunas marionetas mecánicas surgidas de la factoría de Jim Henson— es real en esta película, pero poco importa. La historia funciona de forma magnífica gracias a un guion firmado por Justin Marks, que respeta el material en que se inspira y preserva algunos de los elementos más recordados —canciones incluidas— de la versión de animación clásica estrenada en 1967. De la de Zoltan Korda de los años 40, ni rastro. Marks también se permite la licencia de homenajear a otro clásico de la factoría Disney como es ‘El rey león’ (1994). Tanto la secuencia de la estampida como el dúo acuático entre Mowgli y Baloo cantando The Bare Necessities remiten antes a la aventura africana que a su primigenia fuente de inspiración de dibujos animados de finales de los 60.

Pero más allá de los prodigios técnicos que consiguen convertir un estudio de la capital angelina en una selva de la India es la labor de los actores que prestan sus voces a los distintos animales protagonistas lo que logra insuflarle alma a esta película. Por eso es tan importante verla en versión original y huir de doblajes, ya que se corre el riesgo de ver un producto totalmente diferente. Ocurre con todas las películas, sí; pero en este caso la labor actoral es decisiva. El prodigioso trabajo de Idris Elba (Shere Khan) está repleto de matices, al igual que lo están el de Bill Murray (Baloo), Ben Kingsley (Bagheera), Lupita Nyong’o (Raksha), Scarlett Johansson (Kaa) y, sobre todo, un enorme —literalmente— Christopher Walken (King Louie). En este último punto cabe destacar la licencia de guionista y productores a la hora de convertir al conocido orangután de la primera versión Disney en un mafioso gigantopithecus de ojos azules (como Walken) líder de los simiescos Bandar Log. El encuentro del trío protagonista formado por Mowgli, Bagheera y el oso Baloo con los primates en un templo abandonado es una de las secuencias de acción más impactantes de una película rodada con pulso y sin apenas un minuto de resuello para el espectador. El artífice de esto es el director Jon Favreau (Chef, Iron Man), quien logra facturar un producto redondo: con mensaje, múltiples lecturas y apto para todos los públicos.

La vivaz fotografía de Bill Pope tiene el complemento perfecto en la banda sonora de John Debney, en esta su cuarta colaboración con Favreau. Una partitura que no duda en adaptar los temas clásicos de la cinta de animación y darles un aire más regio para caracterizar a los distintos personajes en pantalla. La banda sonora, además, apela a la épica al más puro estilo John Barry en el oscuro y reivindicativo tramo final del filme.

Quizá esta película marque un antes y un después, tal vez no. Lo que es indudable es que tras ver esta cinta es imposible no recordar otras dos estrenadas hace ya más de tres décadas: en el año 1982. En aquel entonces llegó a la gran pantalla la autoproclamada primera película de acción real en la que no aparecía ningún humano: ‘El cristal oscuro’, de Jim Henson y Frank Oz. El mismo año en el que Disney estrenó ‘Tron’. Rotundo fracaso en taquilla, pero la película que abrió el camino a la integración de personajes reales junto a lo que entonces se llamó ‘animación generada por ordenador’. El estreno de esta nueva adaptación del clásico de Kipling le sirve de nuevo a Disney para sentar las bases de lo que puede ser un cambio de paradigma a la hora de hacer cine. El rotundo éxito de taquilla y la más que probable secuela en ciernes hablan por sí solos.

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