Mi amigo Prince

Around the World in a DayA mediados de los años 80 sólo había una cadena pública en la televisión española. Una, con dos canales. Una programación que comenzaba a desperezarse y de cuyos contenidos se iba despegando la rancia pelusilla franquista. A la generación de los años 70 la cultura nos llegaba en fugaces píldoras dosificadas a lo largo de las mañanas de los fines de semana. Fue en uno de esos míticos programas —que hoy en día ninguna cadena se atrevería a emitir— donde lo descubrí. El programa se llamaba La bola de cristal y él era —es y siempre será— Prince. El presunto videoclip era en realidad el último número musical de la película Purple Rain. El tema homónimo grabado en directo en First Avenue, el local de Minneapolis donde Prince & The Revolution hicieron precisamente eso, revolucionar la música pop a principios de los 80. Aquella canción, Purple Rain, sonaba en la televisión ITT de casa de mis padres a mediodía de un fin de semana cualquiera de 1984 cada vez que los programadores de La bola de cristal tenían a bien cerrar el programa con ella. Más de siete minutos —hubo un tiempo en que recordaba la duración exacta— de emoción contenida que explotaba en un punteo épico al que seguía un fugaz beso de Prince a Wendy Melvoin, guitarrista de The Revolution, antes de que el público se uniese a los coros y comenzase a ondear sus manos. «Ya sabéis de qué va esto», decía Prince a la multitud de su Minneapolis natal congregada en el local. Yo tenía doce años y no fue hasta unos meses después cuando logré reunir el dinero y el aplomo necesario para salir de casa, también una mañana de sábado, y comprarme mi primer disco de Prince. «Hola, quería el último disco de Prince y The Revolution. La casete», dijo mi yo de doce años al dependiente de la tienda de discos. Por aquel entonces yo no tenía tocadiscos, pero sí mucha vergüenza. Así que en lugar de ‘Purple Rain’ me llevé a casa ‘Around the World in a Day’, «el último» álbum de Prince, que acababa de salir al mercado un 22 de abril de 1985. Recuerdo volver caminando a casa con aquella cinta envuelta en una bolsa de plástico y apretada bajo mi mano derecha dentro del abrigo mientras pensaba: «Pero… Este no es el disco que has venido a comprar».

Discografía PrinceFue lo mejor que me pudo pasar. ‘Around the world…’ es uno de los discos más eclécticos de la carrera de Prince. Uno más de sus puñetazos encima de la mesa y el disco que marcó el inicio de todo un imperio simbolizado en Paisley Park, la segunda canción de ese álbum que da nombre a su casa-estudio de Chanhassen, a unos minutos de Minneapolis. En el 7847 de Audubon Road, como una infausta llamada de teléfono al servicio de emergencias nos recordará para siempre. En esta mansión pasó Prince 30 años de su vida y en ella compuso algunos de los mejores discos de la historia del pop, el funk, el soul o como se quiera llamar a lo que él hacía. Yo lo llamo música. Y lo de los mejores discos no lo digo yo, sino decenas de publicaciones especializadas que se rindieron ante el talento del genio púrpura. «Los ochenta son de Prince», llegaron a escribir. Ahí es nada. Los 80. Ciscándose en el ‘Thriller’, de Michael Jackson; el Boss, U2, Bowie, etcétera, etcétera. Yo apenas llegaba a comprender nada de todo eso entonces. Me pasé todo aquel 1985 escuchando una y otra vez las nueve canciones de aquella cinta — que aún conservo— cada una de las cuales saltaba de un estilo a otro y comenzó a abrirme un universo infinito. Ignoto, voluptuoso y seductor. Del rock, al blues, la psicodelia, el pop pegajoso. Todo estaba reunido en aquel disco que sucedió a ‘Purple Rain’. Cuando todo el mundo esperaba una continuación de este, Prince se reinventó. Warner, su discográfica de entonces, consciente del pelotazo —Oscar a la mejor canción incluido— se plegó a sus peticiones: etiqueta propia dentro del sello a través de la que lanzar y promocionar a sus protegidos y todas las excentricidades que se le pudieron ocurrir. Bueno, casi todas. Porque pronto llegaron los descalabros.

Tras el éxito musical y cinematográfico de ‘Purple Rain’, en 1986 Prince probó suerte como hombre orquesta delante y detrás de las cámaras. Parecía que no había obstáculo que se pusiera por delante que él no fuera capaz de franquear. Así que dirigió y protagonizó una segunda película: ‘Under The Cherry Moon’. Filmada en la costa azul francesa en blanco y negro y con Kristin Scott Thomas como partenaire. La película fue un rotundo fracaso, pero nos dejó uno de los mejores discos de Prince & The Revolution: ‘Parade’. Un álbum que —injustamente— sólo será recordado por incluir Kiss en su tracklist, pero que es una delicia de principio a fin.

Prince - Parade TourPara un adolescente con las hormonas disparadas es fácil deducir que toda la sexualidad que exudaban los discos de Prince servían como la banda sonora perfecta para todo tipo de lúbricas fantasías, algunas de ellas hechas realidad. Recordar aquellos tiempos es muy sencillo. Gran parte de aquellas tardes de escuchas continuadas de sus discos permanecen grabadas a fuego en mi memoria. A buen seguro que también lo está en la de muchos de los que por aquellos entonces me acompañaban en mi peripecia vital. Nos aprendimos las letras de sus canciones de memoria, comenzamos a coleccionar sus discos anteriores y ahorrábamos todo cuanto podíamos para hacernos con sus maxisingles, ya que en ellos aparecían canciones descartadas de la versión definitiva de los álbumes. Temas como Erotic City, Irresistible Bitch, Shockadelica que nos descubrían el lado más experimental del músico al que admirábamos y nos permitían especular acerca de su poliédrica personalidad. Como buen géminis, Prince jugaba con nosotros. Y cuando digo nosotros me refiero a todo el mundo. Crítica, público, discográficas… Sin embargo, no conviene hacerse el listillo con quienes manejan la pasta. Cuando en 1987 Prince decidió publicar ‘Sign O’ the Times’, su segundo doble álbum en cuatro años tras ‘1999’ (1983) Warner no dijo nada. Sin embargo, cuando meses después quiso lanzar un disco triple —’Crystal Ball’, que finalmente vería la luz online en 1998— y luego otro disco más —’The Black Album’— sin título, ni nombre, ni nada más que una portada en negro con los títulos de las canciones en color melocotón, Warner dijo basta ya. Entonces empezamos a tener que ahorrar aún más. Ahora había que conseguir los discos piratas. La joya de la corona era ‘Crystall Ball’, pero también estaban ‘Small Club’, ‘Sex Machine’, ‘Charade’. Y luego vendrían los conciertos en directo, ya en formato digital.

Como decía, las buenas ventas y el éxito internacional de la gira de su siguiente disco, ‘Lovesexy’ sirvió de tregua y con la BSO de ‘Batman’ tanto Prince como Warner se frotaron las manos. Corría el año 1989 y si los ochenta habían sido suyos, los 90 parecía que no se le iba a resistir tampoco. Pero no fue así. Bien es cierto que hay generaciones enteras que se engancharon a Prince, precisamente, con ‘Diamonds and Pearls’, el disco en el que nació su nueva banda: The New Power Generation; aunque a Warner no se olvidó que un año antes, y amparado en el boom del hombre murciélago, Prince había vuelto a ponerse tras las cámaras. La película-disco llevaba por título ‘Graffiti Bridge’ y se trataba de una continuación de ‘Purple Rain’ filmada casi íntegramente en decorados dentro de su mansión. La película fue un fiasco, pero nos sirvió para (re)descubrir a Ingrid Chávez, Mavis Staples, Tevin Campbell, George Clinton o T.C. Ellis. Grandes luminarias del funk y el soul que compartían pantalla con el genio de Minneapolis junto a sus jóvenes protegidos. Artistas de medio pelo que veían cómo sus discos se publicaban a través de Paisley Park Records, pero que en la inmensa mayoría de las ocasiones pasaban sin pena ni gloria. Este fue el caldo de cultivo de la ruptura con Warner y de la lucha que le llevó a renegar de su nombre —sobre el cual la discográfica también ostentaba los derechos de explotación comercial—. Con la llegada del andrógino símbolo comenzó una de las etapas más fructíferas del artista antes conocido como Prince junto a The New Power Generation. Amante de los alias —Alexander Nevermind, Joey Coco, Camille, The Spooky Electric, sólo por citar algunos— comenzó a actuar cubriendo su rostro con máscaras bajo el nombre de Tora Tora.

PrinceA mediados de los 90, el funk desgarrador y los coqueteos con el rap hicieron que Prince se alejara de sus seguidores de la primera etapa. Pocos comprendieron que este cambio no respondía nada más que a su inquietud creativa. Como buen depredador de estilos, primero se adaptaba para después devorar todo aquello que le llamaba la atención. Por eso tampoco sorprendió que, de la noche a la mañana, decidiese que no volvería a publicar música en formato físico para hacerlo a través de su web. O que después se desdijera —suculento cheque mediante— y volviese a retractarse apoyando a Jay Z en la tambaleante plataforma de música online Tidal. Reconozco que los últimos diez años de su carrera los he seguido de reojo. Y en realidad todo fue por culpa suya. Gracias a Prince descubrí a multitud de músicos que jamás me hubiese planteado escuchar, pero al saber de la influencia que ejercieron en su música me decidí a hacerlo. Así, mis gustos fueron variando. Ahora puedo decir que escucho mucha música y procuro que todo lo que cae en mis manos mantenga un mínimo nivel. Que el artista sea honesto, que sus canciones me lleguen, que me emocione. De vez en cuando alguno lo consigue. Casi como cuando yo sólo, en casa de mis padres, me cantaba discos enteros de principio a fin. Y yo también tocaba todos los instrumentos. Ayer, cuando leí la noticia de su muerte no supe reaccionar. Estuve más de dos horas tratando de encajarlo. Recordé sus conciertos en el Calderón, durante la gira ‘Nude Tour’, en 1990; y el de Las Ventas, en el 93, con la gira ‘Part I’, cuando ya se había cambiado el nombre a O(+>

Ayer por la noche no dejó de llover. Hoy, lo sigue haciendo mientras escribo esto. No cuento ni la mitad de lo que se me pasa por la cabeza cuando leo tuits o escucho necrológicas en la radio. Sé que le voy a echar de menos, porque hemos pasado juntos más de 30 años. Pero también sé que siempre que quiera volver a recordar lo que fuimos juntos sólo tendré que desenfundar cualquiera de sus vinilos y hacerlo sonar en el tocadiscos. Y (casi) todo volverá a ser como antes. Hasta siempre, enano.

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