Capitán América: Civil War

Capitán América: Civil War Las historias de superhéroes ya no están dirigidas al público infantil. O al menos no lo está la tercera entrega del Capitán América, que lleva un engañoso «guerra civil» por título. Madura, profunda y reflexiva, Capitán América: Civil War supera a su oscura predecesora (El soldado de invierno) gracias al magnífico pulso narrativo de los hermanos Russo tras la cámara y a un guion encomiable que consigue que el espectador medio ni se pierda ni se aburra entre tantos héroes, villanos y referencias cruzadas. Porque 147 minutos dan para mucho. También para plantearse la necesidad de rodar determinadas secuencias no exentas de espectacularidad, pero que más parecen carísimos anuncios insertos en el metraje. Pero vayamos por partes. Civil War es una película dirigida al público adulto. Quitémonos las máscaras. La franquicia marvelita tiene muy claro cuál es su target. Sabe dónde está la pasta y apunta directamente ahí. Viejóvenes, adultescentes. Sea cual sea el neologismo empleado, el giro es evidente. A partir de una base sólida (los cómics en los que se inspira), el universo cinemático evoluciona hacia temáticas de mayor calado. Tal como ocurrió en El soldado de invierno, la sombra de una sociedad paranoide tras haber padecido el estigma del terrorismo en sus carnes lo envuelve todo. Si en aquella eran las teorías conspiranoicas las que sacudían los cimientos de SHIELD y ponía a prueba la solidez de las certezas de Steve Rogers, esta tercera entrega de las aventuras del Capitán América se revela como una acertada introspección. Incomunicación, manipulación, egos… Rojos y azules, demócratas y republicanos. Mírese cómo se quiera. Lo cierto es que la película nos sitúa ante dilemas que todos debemos afrontar a diario. Al tiempo, cada vez cobra menos importancia en estas elaboradas tramas la necesidad de contar con superhéroes que salven al mundo. Más bien nos encontramos ante personas capaces de hacer cosas extraordinarias, pero incapaces de salvar su mundo.

Es de suponer que los ávidos lectores de cómics se habrán sentido muy defraudados por las notables diferencias del guion de esta entrega y el crossover de Mark Millar del que toma su nombre. Sin embargo, lejos de ser un lastre, la adaptación que Christopher Markus y Stephen McFeely han realizado encaja a la perfección dentro de la criba realizada por Marvel para su transposición cinematográfica. Cierra determinadas líneas argumentales y abre otras en consonancia con la presentación de nuevos personajes que debutarán con película propia a lo largo de los próximos meses. ¿Es una herejía? Habida cuenta de las numerosas reinvenciones y realidades alternativas que han padecido los lectores de tebeos en los últimos 20 años, quizá habría que rebajar el tono de las críticas. La historia funciona. Las tramas son congruentes. Los actores están, casi todos, bien. Chadwick Boseman, en cambio, me parece totalmente inexpresivo, aunque se lo perdono porque Pantera Negra es uno de mis personajes favoritos desde aquel partido de béisbol junto a Los 4 Fantásticos. Además, y pese a lo que se podría presuponer, la presencia en pantalla de una docena de superhéroes repartiendo mamporros a diestro y siniestro es de lo mejor de la película. Por cómo está rodado, por los diálogos y, sobre todo, por cómo se resuelven las situaciones. En especial es una delicia encontrar sendas —pertinentes— referencias cinematográficas en el guion. Un digno homenaje a aquellos cómics de los 60 y los 70 repletos de reflejos de la incipiente cultura pop. Otro de los mayores aciertos de la película está en su banda sonora. El score compuesto por Henry Jackman raya a gran altura alejado de estridencias.

Civil War es una película sobre la importancia de conservar las relaciones de amistad. Pero de amistad de verdad. No de los amigos del Facebook, sino de aquellos que se pelaron las rodillas junto a nosotros jugando en el patio del colegio. También es un espejo en el que se podrían mirar multitud de organizaciones y empresas del mundo. Sobre todo en la sección de recursos humanos. Algún que otro jefe que aspira a convertirse en líder algún día encontrará en determinados momentos del metraje perlas cultivadas que le guiarán en el futuro. La importancia de delegar. De arrinconar el ego y aceptar las críticas. Y confiar. La confianza como bien más preciado y más veces traicionado. Todo un reflejo de lo que somos, pese a que nos empeñemos en lo contrario. Quizá esta sea en realidad la guerra civil que libramos a diario.

Por cierto. Si habéis llegado hasta aquí, ya sabréis que no debéis abandonar la sala hasta que se encienden las luces tras los títulos de crédito. Hasta el final de ellos. De nada😉

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