High-Rise

High_RiseFallida, pero hipnótica fábula distópica. High-Rise confirma el talento como realizador del británico Ben Wheatley (Turistas, A Field in England) y lo sitúa como uno de los más interesantes directores actuales. Tras una irregular carrera repartida entre la gran y la pequeña pantalla, Wheatley y su pareja, la guionista Amy Jump, se embarcan aquí en la adaptación de la novela homónima escrita por J. G. Ballard en 1975. Una descarnada crítica al capitalismo y la hipertecnificada sociedad anglosajona, ejemplificada en la gestión de Margaret Thatcher(¿?), pero que no termina de funcionar en lo cinematográfico; aunque la película nos deja un buen puñado de hallazgos visuales. Los mayores logros del filme corresponden a la planificación de las secuencias y el ímprobo trabajo posterior de la pareja Jump-Wheatley en la sala de montaje. A lo largo de casi 120 minutos —30 de ellos, muy prescindibles— asistimos al inexorable descenso a los infiernos del ¿doctor? Robert Laing (Tom Hiddleston) y sus convecinos en la Torre Elysium. Presentada esta como metáfora vertical de la sociedad setentera con todos los clichés propios elevados a la enésima potencia (alcohol, drogas, clasismo, arribistas) para desembocar en un caos que en ocasiones recuerda al Brazil de Terry Gilliam y en otros instantes a un cruce lisérgico entre Kubrick y Scorsese. La mezcla, sin embargo, no termina de funcionar y la película se convierte en una reiteración de situaciones que sólo da paso a un desigual desfile de secundarios: en ocasiones muy desaprovechados (James Purefoy) y en otros casos excesivamente presentes (Sienna Miller).

La banalización de las relaciones humanas termina por fagocitar el propio clímax narrativo de la cinta, que pierde el rumbo en su enmarañado tramo final. Tampoco ayuda el tramposo arranque a modo de cebo para epatar al espectador. Quizá Wheatley es consciente de la envergadura del proyecto que tiene entre manos y trata de arriostrar a la audiencia a la butaca para que esta no huya del tedioso segundo acto. La estética retro junto a la brillante selección musical (con Portishead versionando S.O.S. de ABBA) cumple su cometido a la perfección. Del mismo modo, la opresiva y machacona banda sonora a cargo de Clint Mansell contribuye a cimentar esa atmósfera asfixiante, que deviene en un estallido de violencia sin control. Magnífico trabajo interpretativo de Hiddleston y Luke Evans (Wilder), quienes logran huir de efectismos en una película muy proclive a los excesos y los —en ocasiones reprobables— saltos al vacío.

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