Kubo y las dos cuerdas mágicas

Kubo y las dos cuerdas mágicas Magia. Algo tan complicado de conseguir como sorprender y encandilar al tiempo pulula por cada fotograma de Kubo y las dos cuerdas mágicas, la nueva película de animación del estudio Laika —el ‘juguete’ del cofundador de Nike, Phil Knight— responsable de éxitos del stop motion de la última década como Los mundos de Coraline (2009), El alucinante mundo de Norman (2012) y Los Boxtrolls (2014). En esta nueva incursión del estudio norteamericano en la animación se ambienta en el Japón feudal y la dirección recae en el heredero del imperio visual, Travis Knight, cineasta curtido en labores técnicas antes de dar el gran salto. Y, al contrario de lo que podría parecer, su apuesta resulta ganadora por su desbordante originalidad. Prodigio visual con multitud de referencias entre lo onírico y lo tradicional, Kubo es una refrescante película en apariencia dirigida al público infantil, pero que encierra —a modo de matrioska— múltiples mensajes en su interior. Presentada como una fábula repleta de simbología y apoyándose en una vibrante banda sonora que acompaña las impactantes imágenes con que arranca la historia, Kubo engancha desde sus primeros minutos pese a lo intrincado de lo que se nos cuenta. Una tragedia nipona en toda regla al más puro estilo Kurosawa (la historia familiar de Kubo) aderezada con pinceladas a lo Miyazaki (la parte del pueblo, las dos hermanas) e incluso ecos de ‘La vida de Pi’, la famosa novela de Yann Martel.

Todo en esta película es una sorpresa constante que impide, tal como se nos advierte desde la primera frase del filme, casi parpadear. Desde el hallazgo que supone el uso del origami para avanzar la historia que después se reproducirá —casi literalmente— a tamaño real a la acertada decisión de integrar algunas ancestrales tradiciones japonesas dentro de la trama que subyace a lo largo del generoso metraje. El viaje en el que se embarca Kubo junto a sus tres sorprendentes compañeros de aventuras nos muestra un mundo mágico que fluctúa entre la fábula luminosa y la pesadilla opresora. Yin y yang alternándose en la pantalla a medida que nuestros protagonistas: Hattori Hanzo, Mona, Escarabajo y el pequeño Kubo van completando las piezas del puzzle. La memoria, la familia y la capacidad de perdonar para poder seguir avanzando son algunos de los temas que vertebran esta compleja propuesta que pese a no ser perfecta en todo su arco argumental sí posee suficientes elementos como para hacerla perdurable en el tiempo en las retinas de sus espectadores y situarla como el producto más conseguido de la factoría Laika hasta la fecha. Una prometedora carrera que eleva el listón de la animación ‘tradicional’ sazonada con multitud de referencias que más allá de los logros visuales descubren que existen otras formas de contar historias basándose en la imaginación y la memoria.

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