Sing Street

Sing StreetLos años 80 fueron un prolífico hervidero cultural que dio lugar a un sinfín de propuestas estilísticas, muchas de las cuales, mal que nos pese, siguen vigentes hoy en día. Sobre la vigencia de muchas de ellas y, sobre todo, acerca del peso que tiene aquello que amamos en nuestra adolescencia para convertirnos en la persona que somos hoy en día gira el argumento de Sing Street. La tercera incursión del cineasta irlandés John Carney (Once, Begin Again) en el musical romántico es, a su vez, un sentido homenaje familiar repleto de guiños autobiográficos. Pero lejos de los edulcorados arquetipos hollywoodienses, Sing Street está más en sintonía con un clásico ya icónico como The Commitments o el cine social británico de Ken Loach. Eso sí, salvando las abismales distancias que separan a Carney, tanto en el fondo como en la forma, de la reivindicación política. Sin embargo, y pese a contener elementos de todo lo reseñado, Sing Street consigue erigirse como un filme con entidad propia, que conserva varios de los elementos presentes en sus dos hermanas mayores (las ya referidas Once y Begin Again) sin que por ello el espectador tenga la sensación de estar asistiendo a un refrito de aquellas ambientado en los años 80. Porque precisamente el gancho de esta cinta se encuentra ahí. En la acertada recreación, con un admirable ejercicio de economía narrativa, de una época en la que una oleada de bandas llegadas desde las islas británicas sacudieron nuestra adolescencia, al igual que en el filme sucede con Conor/Cosmo (Ferdia Walsh-Peelo), el personaje protagonista, que recurre a la música para conquistar a Raphina (Lucy Boynton), la chica exótica e inalcanzable.

Ambientada en Dublín, esta crónica social está narrada con ritmo y maestría desde su arranque, que pronto deriva hacia el musical adolescente repleto de referencias y revisiones de clásicos del momento. De Duran Duran a The Cure, pasando por Spandau Ballet, A-ha, The Clash, The Jam… Y un largo etcétera de artistas ochenteros que hará las delicias del espectador sediento de revival. Todo ello apoyado por una muy solvente banda sonora a cargo del propio director (no olvidemos que Carney fue bajista de la banda irlandesa The Frames) y el compositor escocés Gary Clark. Canciones que sirven para explicar parte de la historia, así como las relaciones entre los personajes protagonistas. Sus sueños adolescentes, su desesperada obsesión por escapar de una sociedad opresora, familias rotas o inexistentes, amores verdaderos, hermanos mayores que ejercen de verdaderos padres y amigos que se convierten en una nueva familia unida por su inquebrantable pasión por la música. Todo ello funciona a la perfección a lo largo de ochenta minutos, salvo en el abrupto final. La innegable química entre los actores Ferdia Walsh-Peelo y Lucy Boynton es lo único que consigue salvar un atropellado final que no encaja dentro del tono sombrío que preside la película. Una conclusión muy de cuento de hadas para una historia que consigue conjugar luces y sombras a lo largo de todo el metraje, pero que flaquea en su último tramo.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s