El hombre de las mil caras

El hombre de las mil carasEl cine español ya no es lo que era. En parte, gracias a directores como Alberto Rodríguez, empeñados película tras película en recordarnos quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. A Rodríguez le han bastado un puñado de buenos títulos para convertirse en un referente de nuestro cine. Porque sí, una cosa es que ya no se nos note el pelo de la dehesa y otra —muy distinta— que no lo llevemos prendido en la espalda como si todos los días fueran 28 de diciembre. Por eso son tan necesarias cintas como esta El hombre de las mil caras, que nos devuelve los años más oscuros del felipismo, retratados aquí con un pulso digno de los mejores thrillers políticos. Una historia jalonada por un sólido reparto y con una producción que nada tiene que envidiar al cine de espías. Paco Paesa (Eduard Fernández) no es James Bond, pero sí es lo más parecido a un espía que nos dejó la España tardo-franquista. Mordidas por doquier, chanchullos, chiringuitos… Las cloacas del Estado en estado puro. El dúo de guionistas, integrado desde hace más de una década por el propio realizador y Rafael Cobos, toma como referencia la novela de Manuel Cerdán, Paesa: el espía de las mil caras, para centrarse en quizá el episodio más sonado de la sórdida existencia de Paesa y el que terminó por catapultar —para su desgracia— al presunto agente secreto a la primera plana de los periódicos: la fuga del por entonces director de la Guardia Civil, Luis Roldán (Carlos Santos). Apoyada en el endiablado ritmo —con claros ecos del synth punk setentero de Suicide— que le confiere la banda sonora de Julio de la Rosa, otro habitual en el cine de Rodríguez, la película despega y toma altura de forma vertiginosa. Da igual que no se haya vivido esa época para comprender al instante la mayoría de las tramas y subtramas que tejen una maraña de engaños y traiciones constantes. El dinero —más bien el ansia desmedida por hacerse con el mayor botín posible—es el leit motiv que se encuentra detrás de toda acción u omisión de unos personajes que retratan a la perfección la España de finales del siglo XX.

Políticos, vividores, buscavidas… Todo un catálogo de pobres diablos desfilan ante los ojos del espectador, que no se atreve a parpadear a riesgo de perderse un gesto, un ademán, algo que le revele la verdadera naturaleza del camaleón que polariza la atención en cada uno de los minutos que está en pantalla. Por suerte, la película no es sólo Eduard Fernández. José Coronado realiza un sólido trabajo en su papel de Jesús Camoes, (ficticio) amigo inseparable de Paesa y narrador necesario de sus peripecias a lo largo de todo el metraje. Todo lo que cuenta Camoes lo callan tanto Paesa como Roldán. Personajes muy bien trazados por ambos actores, que sin estridencias, y gracias a una calculada dosis de silencios, ambos bordan. Flaquea, en cambio, la película en sus personajes femeninos. Nieves (Marta Etura), trasunto de las distintas relaciones que tuvo Roldán tras separarse de su primera esposa, se nos presenta como un personaje de cierto peso en el arranque de la trama, pero pronto su papel se diluye como un azucarillo. También resultan episódicas las presencias tanto de la mujer de Paesa como de su sobrina, Beatriz (debut de la modelo Alba Galocha), aunque esta última sí cobra cierta relevancia en el clímax de la historia que aquí se nos narra. Una más, dentro del catálogo patrio de finales de los 90, que sin lugar a dudas palidecerá ante el reflejo que las generaciones venideras hagan de los tiempos que —aún— nos ha tocado vivir hoy en día.

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