Un monstruo viene a verme (A Monster Calls)

A Monster CallsLa díscola sombra de Peter Pan planea sobre la filmografía de J. A. Bayona. Una irregular trayectoria de la que, con el paso del tiempo, únicamente se salva la película que supuso su debut en el largo: El orfanato (2007). Por contra, la recién estrenada A Monster Calls (Un monstruo viene a verme) sólo hace que certificar la infantilización de su cine. Una decisión quizá voluntaria la del realizador catalán, pero muy molesta ya que con ella pretende embarcar a sus espectadores en una tremenda farsa. Planteada como un manual de autoayuda para niños traumatizados, la última cinta de Bayona (digno heredero de Spielberg y muy hábil colocando la cámara) no se ahorra ni uno solo de los tópicos: familia desestructurada, acoso escolar, enfermedad terminal… El calvario por el que atraviesa Conor O’Malley daría —en otras manos y con otro sustento que el de la novela homónima que adapta— para una historia muy cruda acerca de los niños que se ven obligados a madurar a la fuerza al verse arrastrados por su inmisericorde vida. Algo que ya pretendió abordar en la fallida Lo imposible (2012) y siempre desde la perspectiva infantil. Si bien la historia de supervivencia de María Belón, su marido y sus hijos contenía un poso de verdad que justificaba aquella montaña rusa de efectos especiales que tapaban un guion prendido con alfileres, en esta Un monstruo… todo está calculadamente impostado.

Desde los pañuelos que se entregan al pasar por taquilla, al uso —de nuevo— de la banda sonora como recurso lacrimógeno al más puro estilo John Williams, todo en esta película está destinado a provocar el llanto en el espectador. Y lo consigue. La concatenación de lugares comunes genera chorros de empatía; la historia, no. Bayona desaprovecha un prometedor arranque que podría aventurar una película dura y arriesgada sobre los motivos que llevan a un niño a madurar de forma prematura (ahí están Camino y James White), pero pronto abandona esa mirada para centrarse en la fábula infantiloide. Su decisión de narrar la película desde una posición indefinida, que vacila entre el niño protagonista y la criatura que da título al filme, le sirve para ahorrarse explorar las circunstancias por las que atraviesan las dos mujeres que tratan, en vano, de sustentar la historia. Tanto Sigourney Weaver como Felicity Jones, especialmente esta última, hacen lo que pueden para dotar de personalidad a sus esquemáticos personajes.

A Monster CallsDel mismo modo se echa de menos una mirada adulta ante asuntos nada frívolos como son el acoso o la violencia escolar. Molesta sobremanera cierta referencia (homo)sexual por parte del acosador. Algo que se ha dejado ahí de forma deliberada e incomprensible, al igual que se han eliminado las conversaciones entre adultos. La intención es clara: tratar a los espectadores como a niños. Presentar una suerte de fabulación que recorre las etapas del duelo a través de unas acuarelas que pretenden simbolizar la (inexistente) relación entre madre e hijo. Algo decisivo para justificar esta película, pero que por algún extraño motivo los cineastas deciden hurtarnos. El protagonismo recae, en cambio, en un expresivo niño (Lewis MacDougall) y en la voz en off de un inconmensurable Liam Neeson. Sin él no habría película. De hecho, no la hay porque la historia que se nos pretende contar no es tal. No hay enseñanza, ni aprendizaje, ni duelo, ni remordimientos. Tampoco hay rastro alguno de terror en el rostro del niño ante su primer —y suponemos que inesperado— encuentro con la criatura. Del mismo modo que no hay huella de un plano a otro de la manta multicolor con la que el joven O’Malley se cubre antes de encontrarse con él en el patio trasero.

También resultan molestos los continuos subrayados. Desde la hora del exitus repetida en todas sus posibles variaciones en los relojes que van apareciendo en el filme, a la reconocible  imagen familiar que aparece en cada plano que recoge las fotografías que la abuela conserva en casa; para desembocar en el epílogo final que certifica la voluntad del cineasta —y su cómplice, Patrick Ness— de seguir tratándonos como a niños. Sujetos acríticos que deberían sentirse satisfechos por haber cubierto el cupo de sollozos que venía aparejado al precio de la entrada. Aunque, en honor a la verdad y tras asistir a 108 minutos de banalización del dolor, se agradece escuchar la vuelta de Keane durante los títulos de crédito. Al menos eso.

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