Rogue One: una historia de Star Wars

Rogue One: A Star Wars StoryPara toda una generación de amantes del cine y las aventuras espaciales, La guerra de las galaxias tiene un significado que va mucho más allá de la marca Star Wars. A finales de los años 70 y durante toda la década posterior, la saga galáctica convirtió a las salas de cine en un santuario de peregrinación obligada para todos aquellos que habían sido bendecidos por la Fuerza. Dicho así, 30 años después, puede sonar ridículo e incluso exagerado, pero esa fue la realidad para este niño que hoy lo recuerda. El mismo crío que coleccionaba tebeos y figuras de los personajes en las diferentes entregas y que, junto a su hermano, recreaba batallas o inventaba otras en el cuarto que compartían de niños. Y si bien, hace un año, el estreno de El despertar de la Fuerza supuso una reconciliación con la trilogía original, mancillada por su propio creador en los albores del siglo XXI, esta Rogue One: una historia de Star Wars sirve para reencontrarnos con aquellas aventuras inventadas. Y no sólo eso. La historia de estos kamikazes rebeldes decididos a poner fin a la opresión del imperio contiene varios jugosos caramelos (Easter Eggs) que harán las delicias de los amantes de la saga, aunque puedan resultar desconcertantes y tal vez innecesarios para el resto de espectadores.

En realidad, Rogue One no es una película sobre Star Wars, sino sobre Death Star, es decir: la Estrella de la Muerte. La aterradora estación espacial que protagoniza buena parte de la cinta original de George Lucas ejerce en esta historia de verdadero hilo conductor y, al tiempo, Deus ex machina. Algo que en apariencia podría resultar complicado de encajar dentro del continuo espacio-tiempo de la saga, pero que a través del trabajo primero del guionista Chris Weitz y, posteriormente, de Tony Gilroy termina por cuajar de manera satisfactoria. Sin embargo, donde mejor funciona la película de Gareth Edwards es en todo aquello que no trata de recordarnos que nos encontramos ante una película más dentro del universo lucasiano. Algo harto complicado cuando hablamos de un producto Disney en el que todo está medido al milímetro para rentabilizar la inversión.

En primer lugar, y sobre todas otras razones, la inclusión de Felicity Jones (Jyn Erso) en un reparto eminentemente masculino. La sola presencia de la británica confiere el punto rompedor que necesita una historia coral como esta; al igual que sucediera con su compatriota Daisy Ridley el año pasado en El despertar de la Fuerza. Pero aparte de cuotas y mercadotecnias, la interpretación de Jones consigue salvar una historia que en ningún momento exige en demasía al espectador, más allá de tener que recordar los rimbombantes nombres de sus improbables compañeros de aventuras. Uno de los mayores méritos de la película, por otro lado, está en la acertada ‘humanización’ del droide K-2SO. Algo que debería dar que pensar a actores como Diego Luna.

El segundo peaje que debe pagar esta película es rendir pleitesía fílmica a sus predecesoras, en concreto a la cinta original de 1977. Disney decide llevar esto al extremo con la inclusión en la historia de ciertos ‘elementos’ generados digitalmente. Algunos de estos CGI se integran mejor que otros en la película, aunque el resultado global no desmerece. ¿Eran necesarios para la historia? Seguramente no. Y tampoco parece que respondan a exigencias de su director. El mayor mérito como realizador de Gareth Edwards en su anterior película, Godzilla, fue, precisamente, su apuesta por mantener a los monstruos en un acertado segundo plano durante gran parte del metraje hasta el épico desenlace. En Rogue One repite el esquema familiar que forzaba a su protagonista, Aaron Taylor-Johnson, a convertirse en héroe por accidente, pero en sus últimos diez minutos se entrega, quizá, a demasiadas concesiones. ¿Funcionan? Desde luego. Ningún fanático de la saga le pondrá un pero; aunque quizá sí le chirríen al resto.

Por último, aunque no menos importante, destacar el impresionante trabajo del compositor Michael Giacchino en la banda sonora. Reemplazar a John Williams no es fácil, pero hacerlo dejando tu impronta está al alcance de muy pocos. Este sello personal es el que se echa algo más en falta en el caso del realizador. Edwards sólo cuenta con tres películas en su haber, pero por momentos uno se relame pensando en lo que podría haber dado de sí esta historia, voluntariamente menor, de no haber contado con tantos condicionantes creativos en su resultado final. En cualquier caso y en contraposición a aquellas infectos telefilmes repletos de peludos Ewoks, que surgieron al rebufo de El retorno del Jedi, hay que destacar el admirable trabajo de ambientación; así como la impecable factura técnica de la película, que cuenta con una muy lustrosa fotografía de Greig Fraser (Foxcatcher, Zero Dark Thirty). Elementos, todos ellos, que al igual que ocurre con los protagonistas de esta historia nos hacían albergar nuevas —y en gran medida satisfechas— esperanzas.

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