Jackie

JackieFascinante relato de las horas posteriores al magnicidio de Dallas, Jackie demuestra la capacidad innata del realizador chileno Pablo Larraín para vampirizar aquello sobre lo que pone el ojo. En este caso, ayudado por una magnífica Natalie Portman, su mirada se centra en la devastación posterior a la muerte de una de las figuras más importantes del siglo XX. Sin embargo, la lucidez de Larraín en esta arriesgada película reside justamente en presentarnos, una vez más, la figura del presidente Kennedy desde una perspectiva nunca explorada. La viuda de América resulta ser la metáfora perfecta de la pesadilla de la que aún no hemos conseguido despertar. Resulta irónico que tenga que ser un realizador latinoamericano quien se encargue de arrojar (tanta) luz en estos tiempos oscuros y lo haga con una historia repleta de ese término últimamente tan manido, pero nunca más apropiado: posverdad. Ya desde el cinematográfico arranque y gracias a esa breve conversación entre la primera dama y el periodista que acude a entrevistarla somos conscientes de que estamos ante una interpretación de los hechos. Hábilmente disfrazada de cuasi documental en la sala de edición (el también chileno Sebastián Sepúlveda) y subrayada por una desasosegante banda sonora (Mica Levi), que se erige en coprotagonista del filme. Es innegable el mérito de la Portman a la hora de presentarnos a una mujer desnortada; en ocasiones, una caricatura de sí misma. Pero en su valiente composición consigue asimismo mostrarnos a la verdadera mujer que se ocultaba tras los elegantes vestidos, los discursos recitados de carrerilla y las sonrisas impostadas.

Es en esa manera de desnudarse ante el espectador en la que la actriz brilla con rotundidad, aunque es imposible desligar la afectación y los tics efectistas (y efectivos) de su composición. El papel es un caramelo demasiado apetecible como para no saltarse los cánones y ella es consciente de ello en todo momento y juega sus bazas. Correcto el resto del reparto, meros figurantes que logran no desentonar. Se agradece también lo ajustado del metraje. Apenas 100 minutos para, huyendo de la tradicional estructura de las biopics, trazar un complejo retrato psicológico de una mujer que —quizá de manera involuntaria— se convirtió como abnegada y amantísima esposa en un emblema del buen gusto. Larraín logra mostrarnos con un estilo adusto y cámara en mano sus motivaciones personales, sus dudas, sus contradicciones… Aunque su mayor apuesta se centra en los 20 minutos finales, en los que descubrimos la verdadera naturaleza de una mujer zarandeada por los acontecimientos, pero muy consciente de la imagen sobre sí misma —el legado— que quiere proyectar a la opinión pública. Es en este tramo final en el que Larraín nos enfrenta al precipicio moral y ético que sustenta su película. Más allá del morbo, de las teorías conspiranoicas y del retrato hagiográfico logramos ver a la persona. Aunque nunca lleguemos a comprenderla.

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