Manchester frente al mar

Manchester by the SeaLas buenas historias no siempre tienen que tener un final feliz. En ocasiones es bueno que nos inunde la pena y se nos encojan las entrañas para recordarnos que estamos vivos. Y que vivir duele. Manchester frente al mar es una magnífica película que gira en torno a todas las cosas que importan y lo hace con una madurez y una sensibilidad que estremecen. En gran medida gracias a ese devastador guion que firma el realizador Kenneth Lonergan y a la no menos desgarradora interpretación que nos regala Casey Affleck. Un papel repleto de matices y abordado desde una molesta contención rayana con la apatía que a medida que avanza el metraje descubre su trágica esencia. Ambientada en la localidad norteamericana del condado de Essex (Massachusetts) que da título al filme, nos encontramos ante una nada común película de inequívoco corte independiente que atrapa desde su arranque. Como si del negativo del clásico de John Ford, El hombre tranquilo se tratara, Lonergan nos brinda su peculiar visión de la vuelta a casa de su particular Sean Thornton. El irlandés católico, bebedor y pendenciero que inmortalizó John Wayne tiene aquí su propio doppelgänger en el Lee Chandler al que da vida Affleck: el hombre intranquilo. Película reflexiva, repleta de incómodos silencios e imágenes turbadoras, Manchester frente al mar posee la apreciable cualidad de no menospreciar al espectador ni insultar su inteligencia. Con un uso acertadísimo de los flashbacks y un montaje capaz de elevar un guion soberbio a la categoría de inolvidable, el filme va calando en nosotros hasta encogernos el alma.

Durísimo relato sobre la desesperanza, la culpa y la necesidad de convivir con nuestro pasado, la película aporta lúcidos fogonazos repletos de inmisericorde vitalidad con la aparición de Patrick (Lucas Hedges). El adolescente simboliza el esperanzador futuro de los Chandler y su relación con Lee constituye el eje central de una historia repleta de recovecos. Una mirada descarnada que toma como referencia la pequeña localidad costera y sus gentes. Microcosmos que amplifica la mirada del realizador sobre asuntos tan trascendentes como la vida y la muerte. Entregarse a una espiral autodestructiva o encarar el futuro con el convencimiento de que sólo somos dueños de nuestro aquí y ahora y estamos en la obligación de aprovecharlo por muy pesada que sea nuestra carga. En este sentido, quizá uno de los mayores méritos de la película sea el acertado uso que se hace de los flashbacks. Unos recuerdos que nos asaltan sin previo aviso y cuyo efecto se amplifica gracias al comedido y certero uso de la música.

Magnífico trabajo de Casey Affleck, merecedor de todos cuantos premios recoja esta temporada, pero no menos sobresaliente el del resto del elenco. Un reparto que funciona muy bien en su conjunto a excepción de la episódica presencia de Matthew Broderick —al verle recuerdas que estás ante una ficción— en el pasaje más prescindible de una película ejemplar por su hondura y sencillez.

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