El guardián invisible

El guardián invisibleSi algo se le podía reprochar a la exitosa trilogía literaria de Dolores Redondo ambientada en el valle del Baztán era el descarado aire cinematográfico que exudaban sus páginas. Del mismo modo, la adaptación a la pantalla grande del primero de los tres volúmenes, El guardián invisible, adolece de una excesiva fidelidad al soporte literario, que termina por lastrarla. Heredera a partes iguales de BroadchurchThe Girl with the Dragon Tattoo, de David Fincher, si de algo peca esta película es de su indisimulado carácter episódico. Como si el espectador se encontrase ante el piloto extendido (129′) de una miniserie de ocho capítulos que adapta el soporte literario. Del mismo modo, la fidelidad del guion al primer libro de la saga trata de enmascarar algunos agujeros narrativos de la transposición fílmica, que incomodarán a aquellos espectadores que lleguen a las salas huérfanos de las peripecias de la familia Salazar. Sin embargo, y pese a todos estos condicionantes, la cinta de Fernando González Molina será un éxito en taquilla. No sólo por las 297 pantallas de todo el país en las que se proyecta en este primer fin de semana de estreno, sino por la innegable calidad de la propuesta fílmica, apoyada en un destacado trabajo actoral. Quizá el realizador pamplonica podría haber oscurecido aún más su película y dado mayor protagonismo al enigmático valle y a Elizondo, la localidad donde transcurren los hechos. Tal vez rechinen esas inesperadas llamadas telefónicas a Aloisius Dupree, el misterioso mentor de la protagonista, o la abundancia de rostros conocidos en episódicos papeles secundarios no siempre justificados. Sí, siendo todo esto cierto; no lo es menos que El guardián invisible es una apreciable película gracias al trabajo de sus actrices. Sobre todo el binomio que coforman dos de las hermanas Salazar, Amaia (Marta Etura) y Flora (Elvira Mínguez). Ambas están soberbias, cada una en su estilo. De la rabia contenida a la desesperación; de la determinación a la más absoluta indefensión; las actrices son capaces de bordar unos papeles para nada fáciles de interpretar.

También es mérito de González Molina equilibrar la abundancia de géneros y estilos presentes en la película. Del thriller sobrenatural al descarnado relato costumbrista, el realizador navarro se muestra especialmente hábil recreando la niñez de Amaia Salazar, apoyado por la lustrosa fotografía de Flavio Martínez Labiano, habitual de Jaume Collet-Serra. Capítulo aparte merece la banda sonora que firma Fernando Velázquez, quien integra instrumentos tradicionales como la txalaparta dentro de un score que acentúa la tensión en momentos claves de la película. Una lástima desaprovechar todo el sustrato telúrico de la novela original para conjugar los elementos fantásticos con la investigación policial, algo que habría hecho de esta correcta película una muy apreciable incursión en el psycho thriller que aguarda a los espectadores en las entregas venideras.

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