El fundador (The Founder)

The FounderTres años después de su anterior biopic, Saving Mr. Banks, el realizador John Lee Hancock regresa con un nuevo retrato biográfico imprescindible para comprender el triunfo del capitalismo más descarnado en plena tierra de las oportunidades. El fundador (The Founder) es un mero vehículo de lucimiento para un reiterativo Michael Keaton en busca de una nueva estatuilla. Sin embargo, al igual que le ocurre a su personaje en la gran pantalla, Keaton fracasa. Su interpretación del vendehumos Ray Kroc está repleta de tics y acentos impostados que distraen al espectador de lo realmente importante en esta película: su mordaz crítica social. Pese a estar dirigida de manera harto convencional por J. Lee Hancock, El fundador nos deja un apreciable ejercicio narrativo a través del que descubrimos el nacimiento del mayor imperio de comida rápida del planeta a partir de la tozudez de un ambicioso perdedor. El fondo supera a la forma gracias al inteligente guion de Robert Siegel, capaz de convertir en interesante un relato anodino en lo visual, pero repleto de cargas de profundidad hacia una sociedad que encumbra a los triunfadores sin preocuparse de conocer cuáles son —si es que lo son— sus verdaderos méritos. Resulta casi increíble que la multinacional de las hamburguesas haya permitido que se estrene una cinta que —a poco que se rasque en su fondo— deja tan mal parado su modelo de negocio y envilece aun más la figura de su fundador.

La mejor parte es la correspondiente a la historia que transcurre en San Bernardino, mientras que el resto de la historia es únicamente un desfile de nombres en episódicos e insulsos papeles secundarios. De una muy desaprovechada Laura Dern a unos intrascendentes Justin Randell Brooke, Patrick Wilson y B. J. Novak, sólo se salvan de la quema la pareja de hermanos McDonald (interpretados por Nick Offerman y John Carroll Lynch), verdaderos protagonistas del filme. Una cinta que habría ganado enteros si hubiera apostado por ellos a la hora de contraponer ambas realidades en lugar de dejarse llevar por el presunto magnetismo de un Keaton que sigue entregado a los —presuntamente rentables— excesos interpretativos.

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