Kong: La isla calavera (Kong: Skull Island)

Kong: Skull IslandRepleta de homenajes, por no decir plagios, —basta con ver el cartel promocional que acompaña esta publicación— cinematográficos, Kong: La isla calavera es un nuevo intento de revitalizar un género explotado hasta la saciedad el siglo pasado: el Kaiju. Hermanada en más de un sentido con la plúmbea Godzilla (2014) —que catapultó a Gareth Edwards al universo Star Wars— esta reinvención del mito del simio ciclópeo naufraga en todo salvo en su parte técnica. Dirigida con pericia y sentido del espectáculo por el cuasi debutante Jordan Vogt-Roberts, sus méritos como realizador se ven empañados por la ausencia de un guion que enganche y de unos personajes que no respondan tan solo al cliché que los define. Curiosamente, el punto fuerte del debut en la dirección de Vogt-Roberts en 2013 con The Kings of Summer, esa deliciosa comedia adolescente con personajes inolvidables como el inenarrable Biaggio. Nada de aquello se atisba en Kong. Pese a contar con Dan Gilroy (Nightcrawler) al frente de un equipo de ¡cuatro! guionistas, tanto la definición de los personajes como las líneas del diálogo son perfectamente prescindibles. Por ejemplo, sabemos que el personaje de la oscarizada Brie Larson es una fotógrafa porque lleva una cámara en la mano la mayoría del tiempo. Y ya está. Del mismo modo sucede con el resto de la expedición que se adentra en la remota isla que da título al filme. Una impensable forma de desaprovechar a actores como la ya citada Larson, Tom Hiddleston, Samuel L. Jackson y John Goodman. Tan solo se salva de la quema John C. Reilly, cuyo personaje (Hank Marlow) y su intrahistoria nos habría dejado una película de aventuras bastante más entretenida.

Sin embargo, no todo es fallido en Kong. El tono retro —la película está ambientada en 1973— le sienta como un guante, las continuas referencias a Apocalypse Now, así como a sus hermanas mayores —en especial, la versión que dirigió Peter Jackson en 2005 homenajeada en la lucha final— serán bien recibidas por los espectadores más cinéfilos. Ese aire videoclipero que tanto recuerda al desaparecido —y añorado— Tony Scott es otro de sus puntos fuertes. Asimismo, los amantes de destinos exóticos como Vietnam, Hawaii o Australia (donde está rodada) podrán disfrutar de la belleza de los espacios naturales realzada con toda la paleta imaginable de filtros de Instagram. Todo ello, gracias al encomiable trabajo del director de fotografía Larry Fong, habitual de Zack Snyder. Su impronta se percibe en varios momentos de la cinta recordándonos otros trabajos suyos como la exitosa serie de televisión Perdidos (Lost). De hecho, durante gran parte del metraje uno no sabe si se encuentra —en una improbable mezcla de géneros— ante una nueva entrega de la saga Parque Jurásico o en una ramplona aventura de serie B protagonizada por Stallone o Chuck Norris. Los 120′ que se estiran de forma innecesaria podrían haber quedado reducidos a 90, eso sí conservando el doble epílogo —pre y post créditos— y el resultado final lo habría agradecido.

Agridulce regreso del rey Kong a la gran pantalla en una película que bien podría verse como el mayor Macguffin jamás ideado para poder contar la historia de otro regreso, el del teniente Marlow. Quizá lo mejor de una cinta, que bien podría haber acentuado su mensaje ecologista. Porque, por más que el fallón algoritmo de Google se empeñe en recordarnos que este mono es un peligro, no lo es tanto como los seres humanos que osan (osamos) profanar sus dominios.

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