Colossal

ColossalCon una premisa argumental tan endeble como su manido lema promocional: Hay un monstruo en todos nosotros, Colossal, la cuarta película de Nacho Vigalondo y su segunda incursión en el cine hollywoodiense, es una decepción del tamaño de su título. Y eso que cuenta en su reparto, ni más ni menos que con la oscarizada Anne Hathaway. El porqué, más allá de que la neoyorquina haga buena la maldición del Oscar®, es todo un misterio. Casi del mismo modo que lo es aguantar delante de la pantalla sus casi dos horas de metraje confiando en que, en algún momento, la película remontará y logrará estar a la altura —por este orden— de su actriz principal y de su prometedor arranque. Por desgracia —aviso a navegantes— eso nunca sucede. Construida a partir de una harto improbable mezcla de géneros que van de la dramedy (la comedia romántica con tintes dramáticos y viceversa) al kaiju, Colossal pretende ser una gamberrada perlada de aceradas metáforas… Con monstruo gigante incluido. Esto último podría ser la gran sorpresa de la cinta, si no fuera porque tanto su campaña promocional como su cartel se encargan de destriparlo sin necesidad de asistir a los primeros 20 minutos de filme.

Los acontecimientos que llevan a la protagonista Gloria a abandonar Nueva York y regresar a su localidad natal de Manheim (un pueblecito a menos de dos horas en coche de la Gran Manzana) son tan intrascendentes como su anodina existencia. Tampoco resulta memorable ninguno de sus convecinos, cuya máxima aspiración en la vida es trasegar una cerveza tras otra en el bar de Oscar (el pretendidamente gracioso Jason Sudeikis). Con unos elementos que podrían haber dado para mucho más y asuntos tan llamativos como el nihilismo inherente a una generación perdida (Gloria no tiene muebles en casa, pero sí wifi) y los malos tratos, la película se diluye entre tópicos y exasperantes —y literales— fuegos de artificio. Para colmo, el guion cuenta con suficientes incoherencias (¿de qué vive alguien que lleva un año sin trabajar? ¿Cómo se puede pagar un billete transoceánico?) como para irritar al espectador más paciente y hacer que uno se pregunte si cuesta tanto comprobar la diferencia horaria existente entre Seúl y NY cuando se maneja un presupuesto de 15 millones de dólares.

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