Okja

OkjaFábula anticapitalista repleta de corrosivas reflexiones, Okja casi termina haciéndose famosa por el motivo equivocado. La polémica surgida en Cannes al respecto de la elegibilidad o no de las producciones destinadas al público televisivo no es nueva —ya sucedió algo similar en los Oscar® con Bestias sin patria—, pero sí resultaba muy conveniente para desviar la atención del verdadero problema. Okja se ha estrenado en Netflix porque fue ahí donde acabaron apostando por un proyecto que ya había sido desdeñado por las productoras convencionales. Comprensible una vez vista la película. No, no se alarmen. Okja es una muy aceptable cinta y su calidad está muy por encima de la media de lo que se estrena en salas. Pero es incómoda.

OkjaPese a su apariencia de manga bienintencionado y de decidido carácter naturalista, muy a la Mi vecino Totoro, de Miyazaki (homenaje incluido), el filme del surcoreano Bong Joon-ho contiene un sinfín de cargas de profundidad contra el capitalismo desaforado. Siguiendo la estela dejada por la apreciable Snowpiercer, Joon-ho sitúa de nuevo al espectador ante una realidad distópica y aterradora. Bien es cierto que salvo en el prólogo, nada de esto se atisba en los primeros 40 minutos de película. Sin embargo, el resto del metraje es una desquiciada sucesión de acontecimientos a cada cual más surrealista, pero perfectamente admisibles dentro de la desquiciada sociedad actual. Salpicada con inolvidables pinceladas poéticas (el abrazo, los paraguas, las alambradas, los susurros al oído), Okja es un puñetazo en la boca del estómago del consumismo más voraz y desaforado. Y al tiempo es un soplo de aire fresco dentro de una industria —la cinematográfica— incapaz de desmarcarse un ápice de las fórmulas magistrales que dicta el big data. Del mismo modo que Wonder Woman no es una máquina de forjar feministas (pese a que todos deberíamos serlo y mejor nos irían las cosas), Okja tampoco lo es de radicales vegetarianos. O al menos no da la sensación de pretenderlo. Sí pone el dedo en la llaga en otros asuntos más espinosos, como las megacorporaciones, las mutaciones genéticas y la progresiva idiotización de la sociedad. Encarnada en esta ocasión en un Jake Gyllenhaal travestido de Ace Ventura, que rivaliza en histrionismo con Tilda Swinton.

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