Se lo llevaron: recuerdos de una niña de Camboya (First They Killed My Father: A Daughter of Cambodia Remembers)

first-they-killed-my-fatherA la hora de hablar de Se lo llevaron: recuerdos de una niña de Camboya (First They Killed My Father: A Daughter of Cambodia Remembers) es imposible no recordar Los gritos del silencio (The Killing Fields), la oscarizada película de Roland Joffé. Los motivos son evidentes: ambas se centran en el genocidio camboyano perpetrado por los jemeres rojos en la década de los 70 y las dos contienen elementos biográficos que buscan acentuar el verismo de lo que en ellas se cuenta. Sin embargo, lo que en la cinta de Joffé suponía un ‘despertar de conciencias’ para toda una generación de cinéfilos se torna ahora de la mano de Angelina Jolie en un pomposo y cuestionable ejercicio de estilo. Película de impecable factura técnica con una cuidadísima fotografía a cargo de Anthony Dod Mantle —quien asimismo ejerce de director de la segunda unidad— que no hace sino alejar al espectador de la historia que se quiere contar ya desde el arranque. La ruptura estilística que supone el salto del muy aceptable prólogo documental a la presentación de la familia protagonista nos descubre a una directora más preocupada por la forma que por el fondo. Una constante en su filmografía que no desentonaba tanto en las irregulares Unbroken y By the Sea. Ésta, al igual que sus predecesoras, supera los 130 minutos, pero a diferencia de ellas se enfanga en demasía en su segundo acto, llegando incluso a resultar tediosa —por reiterativa— y pretenciosa —la sombra de Malick es alargada—.

Se_lo_llevaron_Recuerdos_de_una_ni_a_de_Camboya-429391950-largeBasada en la novela autobiográfica de la activista Loung Ung, el peso de este drama bélico recae —con el riesgo que ello conlleva— sobre los hombros de la pequeña Sareum Srey Moch, una actriz no profesional de nueve años que encarna a Ung. La niña hace lo que puede entre destellos, primerísimos primeros planos y encuadres imposibles. La música acentúa el dramatismo, al igual que esos efectistas planos rodados a golpe de grúa —y dron— que tanto le deben a Spielberg y su El imperio del sol. Del mismo modo que ese doble final que tanto recuerda a La lista de Schindler. Por desgracia, más allá de las referencias cinematográficas y la acertada planificación de la secuencia del bosque, el resto de la película es perfectamente prescindible. Un paso atrás —otro más— dentro de la apuesta de Netflix por las producciones de relumbrón y también dentro de la carrera como directora de la Jolie. Nada que ver con Bestias sin patria, aquella joya que sirvió como carta de presentación de la aventura cinematográfica del gigante del entretenimiento en 2015.

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