Más (Daha)

Daha

DahaLa primera herramienta que utilizó un ser humano fue a otro ser humano. Con esta contundente sentencia se inicia la manipuladora cinta turca Más (Daha). La cinta del cineasta turco Onur Saylak se desautoriza a sí misma a partir del minuto 100 por culpa de un clamoroso fallo de guion. Mucho antes, su realizador ya se había encargado de incomodar al público con un petulante catálogo de pomposos encuadres, tratando así de enmascarar un relato efectista que está terriblemente mal contado. Una lástima, habida cuenta de que la película no es sino la adaptación a la gran pantalla de la novela de éxito del escritor —y para más inri coguionista—Hakan Günday, ¡Daha! : si mi padre no fuera un asesino yo estaría muerto. Desaprovechar una historia como la del tráfico de personas y todo el entramado de mafias que lo rodea es algo imperdonable en este caso. Relato en primera persona de Gazâ Doğan (Hayat Van Eck), el adolescente a través de cuyos ojos descubrimos esta tragedia humana, la película vira de forma incomprensible hacia el relato familiar obvio desde la secuencia inicial del filme. Dividida en tres partes, Daha se presenta como un viaje iniciático a las entrañas mismas del mal. El espectador asiste a cómo el joven Gazâ queda indefectiblemente marcado por una realidad circundante de la que es cómplice silencioso. Personajes estereotípicos se pasean por la pantalla a lo largo de casi dos interminables horas embarrando una historia que reclama a gritos haber sido abordada en un tono más feísta.

Estudiante brillante, fascinado por la astronomía y las memorias alcohólicas de Jack London (su novela autobiográfica John Barleycorn aparece varias veces en el filme) la película narra el devastador día a día de Gazâ en la localidad costera de Kandali, en el Egeo. El director del filme decide entonces malgastar toda la fuerza del material literario con que cuenta y utilizar al público —volvemos a la cita literaria inicial— sirviéndose de una realización tramposa y efectista para suplir sus otras carencias. Apoyándose en caprichosos encuadres y una bella fotografía (Feza Çaldiran), Saylak parece empeñado en demostrar su talento en lugar de contar la historia realmente importante: el tráfico de personas a las puertas de Europa. En lugar de ello, el tercer acto de su apuesta efectista termina siendo un despropósito en el que nada tiene sentido, para repetir una vez más su gastada premisa argumental.

La película se presentó dentro de la Sección Oficial de la 62ª Seminci. Antes de su visionado se proyectó el cortometraje Tesla: luz mundial, del canadiense Matthew Rankin. Una marciana mezcla del primer David Lynch con las orquestaciones épicas de Hans Zimmer y una paloma. Arrancó aplausos a su término.