El insulto (L’insulte)

L'insulte

L'insulteLos asuntos complejos requieren tratamientos complejos. Quizá por esto se agradece tanto una película como El insulto, del cineasta libanés afincado en Francia, Ziad Doueiri. Ambientada en el distrito de Ashrafieh, en concreto en la calle Fassouh, la película parte de una, en apariencia, incruenta disputa entre un mecánico ultracatólico (Tony Hanna) y un encargado de obra palestino (Yasser Salameh). El insulto al que hace referencia el título no es más que una de las múltiples metáforas (políticas, sociales, humanas) a las que recurre Doueiri para embaucar al espectador en un filme que transita por el drama social y se adentra en el terreno judicial para rematar con un soberbio, e inesperado, alegato. Tremendo espectáculo actoral gracias a un acertadísimo casting —también femenino—, la película es un toma y daca constante entre sus dos antagonistas principales. El inflexible Hanna, interpretado por Adel Karam, y el osco Yasser (Kamel El Basha, Copa Volpi al Mejor Actor en la Mostra de Venecia). Filme nada sencillo de realizar, en palabras de su director, ya que fueron necesarios más de tres meses para reunir todos los permisos requeridos para iniciar su rodaje y hasta la selección de actores hubo de hacerse vía Skype, debido a las trabas que impiden el libre tránsito de personas entre países de Oriente Medio.

Estos ancestrales conflictos enquistados entre vecinos son el punto de partida de Doueiri para su película, la cual, a medida que avanza el metraje, gana en profundidad y proyecta un mensaje cada vez más nítido. Doueiri se moja y no rehuye ninguno de los tradicionales lugares comunes a la hora de tratar el conflicto palestino en Oriente Medio. A través de un inteligente guion, pergeñado a medias entre el director y su por entonces pareja, Joelle Touma, la cinta es capaz de aportar una lúcida mirada repleta de decisivos matices. Nada escapa a su ojo crítico: desde asuntos tan espinosos como la religión, la identidad, o, incluso, la simplificación de los hechos por parte de los medios de comunicación; todo está tratado con una habilidad supina. Magnífica fotografía de Tommaso Fiorilli, así como el montaje de Dominique Marcombe, que confiere al film un ritmo tal que consigue que sus casi dos horas de metraje se disfruten por completo.

La película se proyectço dentro de la Sección Oficial de la 62ª Seminci. Antes, se pudo ver el cortometraje La historia completa (The Full Story), de Daisy Jacobs y Chris Wilder que mezcla animación con acción real y destaca (mucho) más por sus cualidades técnicas que narrativas. Pese a su ramplona premisa fue bien recibido por el público.

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